La reflexión se fortalece cuando no es solitaria

Reflexionar sobre nuestra práctica es una tarea profesional, pero no necesariamente tiene que ocurrir en soledad. Cuando nuestras preguntas entran en conversación con otras experiencias y perspectivas, también se amplían las posibilidades de comprender lo que hacemos.

Actualizado 23/09/26

Hay una escena cotidiana en la vida docente que pocas veces resulta visible. Termina la clase, los estudiantes salen y el profesor se queda pensando en lo ocurrido. Una actividad que parecía sencilla no funcionó como esperaba. Un estudiante reaccionó de una manera inesperada. Una explicación que había funcionado con otros grupos esta vez produjo más confusión. O quizá ocurrió lo contrario: algo salió particularmente bien y el docente intenta comprender por qué.

En ese momento comienza una conversación profesional, aunque inicialmente ocurra en silencio.

¿Qué pasó? ¿Por qué respondieron así? ¿Qué pude haber hecho diferente? ¿Qué debería mantener? ¿Qué necesito modificar mañana?

Esa capacidad de volver sobre nuestra propia experiencia es fundamental para aprender de la práctica. Sin embargo, existe una pregunta adicional que pocas veces hacemos: ¿qué ocurre cuando nuestras interpretaciones sobre la práctica solamente conversan con nosotros mismos?

La reflexión individual es necesaria, pero tiene límites. Miramos desde nuestra experiencia, nuestros conocimientos, nuestras expectativas y también desde nuestros puntos ciegos. Por eso, cuando la reflexión se encuentra con otras miradas, no pierde autonomía: puede ganar profundidad.

Reflexionar sobre la práctica también es formarse

Durante mucho tiempo hemos asociado la formación docente principalmente con cursos, talleres, conferencias, diplomados o posgrados. Todas estas experiencias pueden contribuir al desarrollo profesional, pero la formación también ocurre en lugares mucho más cotidianos: cuando analizamos una dificultad de nuestra clase, cuando contrastamos una decisión con un colega, cuando estudiamos una situación que no comprendemos o cuando modificamos una práctica después de observar sus efectos.

Desde esta perspectiva, la reflexión sobre la práctica es un proceso mediante el cual el profesional analiza sus experiencias, decisiones y supuestos para comprender mejor lo que ocurre, aprender de ello y reconstruir sus posibilidades de actuación.

Esto implica reconocer que la experiencia por sí sola no garantiza aprendizaje.

Podemos repetir una misma práctica durante años sin necesariamente comprenderla mejor. Incluso podemos consolidar hábitos que funcionan aparentemente bien sin volver a preguntarnos por qué los hacemos, para quién funcionan o qué consecuencias producen.

La experiencia adquiere otro potencial formativo cuando se convierte en objeto de pensamiento.

Aquí resulta especialmente útil Donald Schön y su planteamiento sobre el profesional reflexivo. Schön cuestionó la idea de que los problemas profesionales puedan resolverse únicamente mediante la aplicación de conocimientos técnicos previamente establecidos. En profesiones atravesadas por situaciones complejas, inciertas y particulares, los profesionales necesitan interpretar lo que ocurre, tomar decisiones y aprender de su propia actuación.

En educación esto resulta particularmente evidente. Ninguna planeación puede anticipar completamente lo que ocurrirá cuando treinta personas entren a un aula. El docente necesita observar, interpretar, ajustar, decidir y volver a interpretar.

Pero incluso esa reflexión profesional tiene una característica que necesitamos mirar con atención: ocurre desde una perspectiva particular.

El problema no es reflexionar individualmente, sino pensar que nuestra mirada es suficiente

Reflexionar a solas no es algo negativo. De hecho, necesitamos espacios personales para reconstruir lo ocurrido, reconocer emociones, revisar decisiones y elaborar nuestras propias preguntas.

El problema aparece cuando asumimos que nuestra interpretación es la única posible.

Imaginemos que un grupo participa poco durante una actividad. Podemos concluir que los estudiantes están desinteresados. Esa interpretación probablemente influirá en nuestra siguiente decisión.

Pero otra persona podría observar la misma situación y preguntar:

¿Las instrucciones eran suficientemente claras?

¿La actividad permitía diferentes formas de participación?

¿Todos tenían los conocimientos necesarios para intervenir?

¿Algunas voces estaban ocupando demasiado espacio?

¿La pregunta propuesta realmente permitía discusión?

¿Existe confianza suficiente en el grupo para equivocarse públicamente?

Ninguna de estas preguntas demuestra automáticamente que nuestra primera interpretación sea incorrecta. Lo que hacen es ampliar el campo de posibilidades desde el cual podemos comprender la situación.

Ahí aparece el valor profesional de pensar con otros.

No porque los demás necesariamente sepan más que nosotros, sino porque miran desde lugares diferentes.

Andy Hargreaves y el individualismo de la cultura docente

Esta discusión adquiere otra dimensión cuando recuperamos los trabajos de Andy Hargreaves sobre las culturas profesionales docentes.

Hargreaves ha estudiado ampliamente cómo las condiciones organizativas y culturales de las escuelas influyen en las relaciones entre profesores. Una de las cuestiones presentes en su trabajo es precisamente el individualismo que históricamente ha caracterizado parte del trabajo docente: profesionales que comparten edificio, horarios e incluso estudiantes, pero cuya práctica cotidiana puede permanecer considerablemente separada de la de sus colegas.

El aula puede convertirse así en una frontera.

Lo que ocurre dentro pertenece al docente.

Las dificultades se resuelven dentro.

Las dudas permanecen dentro.

Y muchas veces los aprendizajes también.

Este aislamiento tiene una consecuencia pedagógica importante: una enorme cantidad de conocimiento profesional construido diariamente en las escuelas difícilmente circula entre quienes trabajan en ellas.

Una docente descubre una manera interesante de trabajar con determinado grupo.

Otro profesor encuentra dificultades con una estrategia que aparentemente funcionaba.

Alguien modifica una actividad y obtiene un resultado inesperado.

Otra persona encuentra una pregunta que cambia la conversación con sus estudiantes.

Todas estas experiencias contienen conocimiento potencial.

Pero si permanecen encerradas dentro de cada aula, cada profesional necesita comenzar prácticamente desde cero.

Cuando la experiencia circula, puede convertirse en conocimiento profesional compartido

Compartir experiencias no significa simplemente contar anécdotas.

Una conversación puede quedarse en:

“Yo hice esto y me funcionó”.

Eso puede resultar útil, pero todavía existe una distancia importante entre intercambiar experiencias y reflexionar profesionalmente sobre ellas.

La reflexión compartida comienza cuando hacemos preguntas sobre aquello que ocurrió.

¿Por qué crees que funcionó?

¿En qué contexto?

¿Qué hicieron los estudiantes?

¿Qué evidencia te permitió pensar que aprendieron?

¿Funcionaría igual con otro grupo?

¿Qué condiciones hicieron posible esa experiencia?

¿Qué cambiarías después de haberla realizado?

Entonces la experiencia comienza a transformarse.

EXPERIENCIA → NARRACIÓN → PREGUNTAS → CONTRASTE → INTERPRETACIÓN → APRENDIZAJE PROFESIONAL

Ya no estamos simplemente intercambiando actividades.

Estamos intentando comprender la práctica.

Esta diferencia resulta fundamental para construir comunidades profesionales. Una carpeta llena de actividades compartidas puede ser útil, pero no necesariamente constituye aprendizaje colectivo. Una reunión donde cada persona explica lo que hizo tampoco garantiza reflexión.

Lo que vuelve formativa a la conversación es la posibilidad de interrogar la experiencia. Entonces resulta natural preguntarnos cómo podemos construir estas Comunidades de aprendizaje docentes. 

La reflexión colectiva no significa pensar todos igual

Existe, sin embargo, un riesgo importante.

Podemos defender tanto la colaboración que terminemos idealizándola.

Trabajar colectivamente no significa que todos debamos llegar a la misma interpretación. Tampoco implica que una comunidad tenga siempre mejores respuestas que una persona ni que cualquier acuerdo colectivo sea necesariamente acertado.

Los grupos también pueden reproducir rutinas.

Pueden normalizar prácticas.

Pueden evitar conversaciones incómodas.

Pueden aceptar rápidamente la interpretación de quien tiene mayor autoridad.

Incluso pueden construir consensos que impidan cuestionar aquello que “siempre se ha hecho así”.

Por eso, una comunidad reflexiva no debería buscar eliminar las diferencias, sino hacerlas pensables.

“Yo lo interpreto de otra manera”.

“En mi grupo ocurrió algo diferente”.

“No estoy seguro de que esa sea la causa”.

“¿Qué evidencia tenemos para afirmarlo?”

“¿Y si lo miramos desde otra perspectiva?”

Estas expresiones no necesariamente debilitan al colectivo. En determinadas condiciones pueden ser precisamente aquello que permite que aprenda.

La colaboración profesional adquiere profundidad cuando existe suficiente confianza para compartir experiencias y, al mismo tiempo, suficiente apertura para cuestionarlas.

Hargreaves: no toda colaboración es necesariamente una cultura colaborativa

Aquí Andy Hargreaves también ofrece una distinción especialmente valiosa. Su trabajo sobre las culturas docentes permite advertir que la colaboración no puede reducirse simplemente a colocar profesionales juntos. También existen formas de colegialidad organizadas administrativamente, con tiempos, procedimientos e interacciones predeterminadas desde fuera.

Esto debería hacernos pensar en nuestras escuelas.

Podemos tener reuniones semanales y continuar trabajando profundamente aislados.

Podemos sentarnos alrededor de una mesa sin hablar nunca de aquello que realmente nos preocupa.

Podemos cumplir con todas las sesiones colegiadas sin permitir que nuestra práctica sea interrogada.

Podemos incluso desarrollar actividades aparentemente colaborativas que solamente buscan producir un documento solicitado.

Por eso:

reunirse no es necesariamente colaborar.

Y colaborar no es necesariamente reflexionar.

Una cultura profesional reflexiva necesita algo más difícil de construir: confianza, preguntas relevantes, disposición para compartir incertidumbres y condiciones para que las diferencias puedan expresarse sin convertirse inmediatamente en juicio o descalificación.

Mostrar nuestras dudas también implica vulnerabilidad profesional

Hay una razón por la que abrir la práctica a otros puede resultar difícil.

Mostrar aquello que sabemos hacer suele ser relativamente sencillo.

Mostrar aquello que no comprendemos puede ser mucho más complicado.

Decir “no sé cómo trabajar con este grupo”, “esta estrategia no me funcionó”, “no sé cómo ayudar a este estudiante” o “creo que me equivoqué” implica exponernos frente a otros.

Si la cultura escolar interpreta la duda como incompetencia, aprenderemos rápidamente a ocultarla.

Y entonces aparece una paradoja: precisamente aquello que podría convertirse en una oportunidad de aprendizaje profesional se transforma en algo que necesitamos esconder.

Una comunidad reflexiva necesita modificar esa relación con la incertidumbre.

No para romantizar el error ni para asumir que todas las prácticas son igualmente adecuadas, sino para reconocer que enseñar implica enfrentar situaciones que no siempre comprendemos completamente.

En ese sentido, compartir una dificultad no tendría que significar:

“Soy mal docente”.

Podría significar:

“Hay algo de mi práctica que todavía necesito comprender”.

Ese desplazamiento es profundamente formativo.

La reflexión compartida también puede ser una forma de cuidado profesional

La dimensión emocional del trabajo docente no debería quedar fuera de esta conversación.

Cuando las dificultades permanecen exclusivamente en el espacio individual, pueden adquirir un peso distinto. Un problema con un grupo puede experimentarse como fracaso personal. Una estrategia que no funciona puede convertirse en cuestionamiento sobre nuestra capacidad. Una situación conflictiva puede acompañarnos durante horas después de abandonar la escuela.

Pensar con otros no elimina automáticamente ese malestar, pero puede modificar la manera en que lo interpretamos.

Un colega puede ayudarnos a descubrir que aquello que considerábamos un problema exclusivamente nuestro también está ocurriendo en otros grupos.

Otra persona puede compartir una experiencia semejante.

Alguien puede ofrecernos una interpretación que no habíamos considerado.

Y a veces escuchar “a mí también me pasó” no resuelve el problema, pero cambia profundamente la manera en que comenzamos a enfrentarlo.

Por eso la reflexión colectiva también puede funcionar como una forma de cuidado profesional, siempre que no se convierta únicamente en desahogo.

La conversación necesita permitir expresar aquello que vivimos, pero también ayudarnos a comprenderlo.

EXPERIENCIA → ESCUCHA → COMPRENSIÓN → APRENDIZAJE → POSIBILIDADES DE ACCIÓN

El cuidado profesional y el aprendizaje no tienen por qué ser procesos separados.

Del “¿qué hago?” al “¿cómo podemos comprender lo que está ocurriendo?”

Este cambio resulta especialmente importante para el acompañamiento pedagógico.

Pensar con otros no significa que otros piensen por nosotros. Este principio también resulta fundamental para comprender un acompañamiento pedagógico que fortalece la autonomía profesional, en lugar de sustituir las decisiones del docente.

Cuando alguien comparte una dificultad, nuestra primera reacción suele ser ofrecer una solución.

“Haz esto”.

“Prueba esta estrategia”.

“A mí me funcionó aquello”.

La intención puede ser genuinamente solidaria, pero existe otra posibilidad: utilizar la conversación para ampliar primero la comprensión del problema.

¿Qué está ocurriendo exactamente?

¿Cuándo comenzó?

¿Qué has intentado?

¿Qué ocurrió cuando lo hiciste?

¿Qué piensan los estudiantes?

¿Qué información tenemos?

¿Qué interpretación estás haciendo?

¿Qué otras explicaciones podrían existir?

¿Qué necesitamos conocer antes de decidir?

Aquí la reflexión comunitaria se conecta directamente con la autonomía profesional.

Pensar con otros no significa que otros piensen por nosotros.

Significa disponer de más preguntas, perspectivas, experiencias y conocimientos para construir nuestras propias decisiones profesionales.

Por eso la colaboración y la autonomía no deberían entenderse como fuerzas opuestas.

La autonomía profesional también puede fortalecerse en comunidad. Entonces realmente ¿Qué es el acompañamiento pedagógico? explorarlo en el post. 

De la reflexión comunitaria a mejores decisiones profesionales

Aquí aparece una conexión importante con las ideas de Andy Hargreaves y Michael Fullan sobre el capital profesional.

El conocimiento docente no está constituido únicamente por aquello que una persona sabe individualmente. También importan las relaciones profesionales que permiten que ese conocimiento circule y la capacidad de realizar juicios profesionales construida mediante experiencia, reflexión y aprendizaje con otros.

Esto cambia la pregunta sobre formación docente.

En lugar de preguntar solamente:

“¿Qué cursos necesita este profesor?”

podríamos preguntar:

“¿Qué oportunidades tiene para analizar su práctica con otros profesionales?”

En lugar de:

“¿Qué capacitación necesita esta escuela?”

también podríamos preguntarnos:

“¿Qué conocimiento profesional ya existe dentro de esta comunidad y todavía no está circulando?”

Y en lugar de asumir que colaborar significa adoptar las prácticas de quien tiene más experiencia, podríamos preguntarnos:

“¿Cómo podemos utilizar nuestras experiencias diferentes para construir mejores decisiones?”

Desde esta perspectiva, la formación docente deja de ser exclusivamente algo que llega desde fuera de la escuela.

Parte de ella puede construirse desde la propia práctica profesional, cuando existen condiciones para estudiarla colectivamente.

El Consejo Técnico Escolar puede ser un espacio para pensar la práctica

En México tenemos un espacio institucional que, al menos potencialmente, puede favorecer estos procesos: el Consejo Técnico Escolar.

El CTE puede utilizarse para revisar pendientes, organizar actividades, distribuir responsabilidades y atender asuntos administrativos. Algunas de estas tareas son necesarias.

Pero también puede convertirse en un espacio donde el colectivo coloque la práctica en el centro de la conversación.

No necesariamente mediante grandes dinámicas.

A veces bastaría con llevar una pregunta auténtica.

¿Por qué nuestros estudiantes tienen dificultades con determinado aprendizaje?

¿Qué estamos observando en diferentes grupos?

¿Qué estrategias hemos intentado?

¿Qué evidencia tenemos?

¿Qué diferencias encontramos entre nuestras experiencias?

¿Qué necesitamos estudiar?

¿Qué podríamos probar?

¿Cómo sabremos si está funcionando?

Entonces el CTE puede desplazarse de:

REUNIRNOS → INFORMARNOS → ORGANIZARNOS

hacia:

OBSERVAR → COMPARTIR → PREGUNTAR → ANALIZAR → APRENDER → DECIDIR → ACTUAR → VOLVER A REFLEXIONAR

Ese movimiento no depende solamente de una guía o de una actividad.

Depende de la cultura profesional que seamos capaces de construir.

¿Qué necesita una comunidad para poder reflexionar?

No existe una receta universal, pero podemos reconocer algunas condiciones.

Necesitamos confianza, porque nadie abre honestamente su práctica cuando siente que cualquier dificultad será utilizada para juzgarlo.

Necesitamos tiempo, porque comprender problemas profesionales complejos rara vez ocurre en conversaciones apresuradas.

Necesitamos evidencia, porque la reflexión puede quedarse atrapada en impresiones si no contrastamos nuestras interpretaciones con aquello que realmente ocurre.

Necesitamos diversidad de perspectivas, porque pensar con otros adquiere valor precisamente cuando los demás pueden mostrar aquello que nosotros no estamos viendo.

Necesitamos referentes, porque la experiencia es fundamental, pero puede dialogar con investigación, teoría, normativa y conocimiento producido fuera de nuestra comunidad. “poner en diálogo la teoría y la práctica docente”.

Y necesitamos preguntas profesionales, porque una conversación sin una pregunta significativa puede convertirse fácilmente en intercambio superficial.

Podríamos representarlo así:

CONFIANZA + EXPERIENCIA + PREGUNTAS + EVIDENCIA + OTRAS MIRADAS + REFERENTES → REFLEXIÓN PROFESIONAL COMPARTIDA

No como fórmula matemática, sino como recordatorio de que reunir personas no basta para construir aprendizaje colectivo.

Reflexionar juntos no elimina la responsabilidad individual

Hay otra distinción que necesitamos conservar.

La reflexión puede ser colectiva.

La decisión puede construirse con otros.

Pero cada profesional continúa siendo responsable de su práctica.

Una comunidad no debería convertirse en un lugar donde diluimos responsabilidades bajo expresiones como “así lo acordamos todos”.

Precisamente porque aprendemos con otros podemos construir decisiones más conscientes y fundamentadas.

La comunidad amplía nuestra mirada.

No reemplaza nuestro juicio.

Esto conecta la reflexión compartida con una cuestión central de la formación docente contemporánea: la autonomía profesional no consiste en trabajar solos, sino en desarrollar la capacidad de tomar decisiones fundamentadas incluso cuando esas decisiones han sido enriquecidas mediante el diálogo con otros.

Por ello, abrir nuestra práctica a colegas no necesariamente disminuye nuestra autonomía.

Puede fortalecerla.

De escuelas donde cada quien aprende solo a escuelas que aprenden de su propia experiencia

Quizá uno de los mayores recursos de formación que tienen las escuelas ya se encuentra dentro de ellas.

Está en las experiencias de quienes enseñan.

En sus preguntas.

En aquello que intentaron y no funcionó.

En aquello que sí funcionó y todavía no comprenden completamente.

En las diferencias entre grupos.

En los problemas que se repiten.

En las soluciones improvisadas que terminaron produciendo aprendizajes inesperados.

En las dudas que todavía no tienen respuesta.

La pregunta es si construimos condiciones para que todo ese conocimiento potencial pueda circular.

Porque una escuela puede estar llena de profesionales experimentados y, al mismo tiempo, aprender muy poco de su propia experiencia si cada persona necesita procesarla individualmente.

La transformación aparece cuando comenzamos a construir conexiones:

MI EXPERIENCIA ↔ TU EXPERIENCIA ↔ NUESTRAS PREGUNTAS ↔ OTROS SABERES ↔ NUEVAS DECISIONES

Ahí la reflexión deja de ser exclusivamente una práctica individual y empieza a convertirse en capacidad colectiva.

Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.

Preguntas para seguir pensando

¿Con quién conversamos cuando algo de nuestra práctica no funciona como esperábamos?

¿En nuestra escuela es posible reconocer una duda profesional sin sentir que estamos demostrando incompetencia?

¿Nuestras reuniones permiten analizar experiencias reales o principalmente sirven para organizar actividades y cumplir pendientes?

¿Qué conocimientos construidos por docentes de nuestra propia escuela todavía permanecen encerrados dentro de sus aulas?

¿Cuando un colega comparte una dificultad intentamos comprenderla o nos apresuramos a ofrecer soluciones?

¿Qué condiciones necesitaríamos construir para poder cuestionar nuestras prácticas sin sentirnos juzgados?

¿Nuestros acuerdos colectivos permiten perspectivas diferentes o terminan uniformando las decisiones profesionales?

¿Qué podríamos aprender si comenzáramos a estudiar colectivamente una situación concreta que actualmente preocupa a nuestra escuela?

¿Estamos utilizando el Consejo Técnico Escolar solamente para coordinarnos o también para aprender juntos?

Y quizá una pregunta todavía más sencilla: ¿qué parte de nuestra práctica comprenderíamos de otra manera si pudiéramos mirarla con otros?

Reflexión final

Reflexionar individualmente seguirá siendo una parte fundamental de la profesión docente. Necesitamos momentos para detenernos, reconstruir nuestras experiencias y reconocer qué pensamos y sentimos frente a aquello que ocurre en nuestras aulas.

Pero ninguna mirada es completa.

Donald Schön nos permite reconocer al profesional que aprende cuando convierte su práctica en objeto de reflexión. Andy Hargreaves nos ayuda a mirar las culturas escolares que pueden favorecer el aislamiento o construir formas más profundas de colaboración. Y las aportaciones de Hargreaves y Michael Fullan permiten comprender que el juicio profesional también se desarrolla mediante experiencia y aprendizaje con otros.

Pensar juntos no significa renunciar a nuestra autonomía.

Significa reconocer que nuestras decisiones pueden enriquecerse cuando entran en contacto con otras perspectivas.

Una comunidad profesional no debería decirnos permanentemente qué pensar. Debería ayudarnos a pensar mejor.

Quizá por eso el desafío no sea llenar nuestras escuelas de más reuniones ni convertir toda experiencia docente en una actividad colectiva. El desafío es construir espacios donde aquello que vivimos pueda convertirse en pregunta, donde las preguntas puedan ponerse en diálogo con otros saberes y donde ese diálogo pueda regresar nuevamente a la práctica.

Porque cuando una experiencia permanece únicamente en nosotros puede producir aprendizaje individual.

Cuando conseguimos ponerla en conversación con otras experiencias, otras preguntas y otras perspectivas, comienza a aparecer algo diferente:

una comunidad capaz de aprender de sí misma.

Repensar la educación, también por correo

Cada semana, una pausa para entender antes de reaccionar:

• Entender lo que pasa en el aula

• Ordenar el ruido educativo

• Pensar distinto sin sentirte solo

Puedes darte de baja cuando quieras. Aquí se piensa con calma, no se satura. Política de privacidad para obtener más información.