Judy Wajcman: presión temporal, tecnología y educación en una vida acelerada

Las tecnologías promenten ayudarnos a hacer las cosas más rápido. Sin embargo, vivimos con frecuencia respondiendo mensajes, acumulando pendientes y sintiendo que nunca tenemos tiempo suficiente. Judy Wajcman propone mirar esta paradoja más allá de culpar simplemente a nuestros dispositivos.

Tenemos tecnologías que ahorran tiempo, pero seguimos sintiendo que nos falta tiempo

Un docente termina su jornada escolar y todavía quedan varias cosas pendientes. Necesita revisar algunos trabajos, responder mensajes, preparar materiales para el día siguiente y completar una actividad administrativa. Mientras realiza una de esas tareas llega información sobre otra. Contesta rápidamente porque piensa que hacerlo ahora evitará acumular trabajo después. Poco más tarde revisa el teléfono, responde otra consulta y vuelve al documento que había comenzado. Al final del día ha realizado una cantidad considerable de actividades, pero puede conservar la sensación de que nunca tuvo suficiente tiempo para detenerse realmente en ninguna.

La situación resulta paradójica porque muchas de las tecnologías que utilizamos fueron incorporadas precisamente bajo la promesa de hacernos más eficientes. El correo permite enviar información en segundos, una plataforma evita trasladar físicamente documentos, la mensajería instantánea resuelve algunas comunicaciones sin necesidad de organizar una reunión y los archivos digitales pueden copiarse, modificarse y distribuirse casi inmediatamente. La inteligencia artificial lleva esta promesa todavía más lejos al reducir el tiempo necesario para realizar determinadas tareas intelectuales y administrativas.

Deberíamos, en principio, estar ahorrando tiempo. Sin embargo, muchas personas terminan sus jornadas diciendo exactamente lo contrario: “No me alcanza el tiempo”.

Esta aparente contradicción constituye uno de los problemas que Judy Wajcman analiza en Pressed for Time: The Acceleration of Life in Digital Capitalism. Su propuesta resulta particularmente interesante porque evita una explicación demasiado sencilla. Quizá el problema no sea simplemente que la tecnología nos esté haciendo vivir más rápido. Necesitamos preguntarnos qué hacemos socialmente con el tiempo que las tecnologías prometen ahorrarnos.

¿Quién es Judy Wajcman y qué intenta comprender?

Judy Wajcman es socióloga y una figura importante dentro de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología. Buena parte de su trabajo ha analizado las relaciones entre tecnología, trabajo, género y vida cotidiana. En Pressed for Time, publicado en 2014, se concentra particularmente en nuestra experiencia contemporánea del tiempo y en una percepción que se ha vuelto habitual: vivimos apresurados, tenemos demasiadas cosas que hacer y sentimos que debemos responder cada vez con mayor rapidez.

Las tecnologías digitales aparecen fácilmente como responsables de esta situación. El teléfono inteligente nos acompaña permanentemente, los correos pueden llegar a cualquier hora, la mensajería instantánea convierte numerosas comunicaciones en potencialmente inmediatas y el trabajo puede entrar en espacios que anteriormente parecían reservados para la vida personal. Desde esta perspectiva resulta tentador establecer una relación directa entre innovación tecnológica y aceleración de la vida.

Wajcman cuestiona precisamente esa relación lineal. Las tecnologías participan en nuestras experiencias temporales, pero no actúan de manera independiente. Son diseñadas, adoptadas y utilizadas dentro de determinadas formas de organizar el trabajo, la familia, el cuidado, el ocio y las relaciones sociales. Por eso, para comprender nuestra sensación de aceleración necesitamos observar algo más que las pantallas: tenemos que mirar cómo hemos organizado nuestra vida alrededor de ellas.

¿Qué es la presión temporal?

La presión temporal puede entenderse como la experiencia de sentir que disponemos de menos tiempo del necesario para realizar aquello que debemos o queremos hacer. Puede manifestarse como prisa, acumulación de actividades, sensación de estar permanentemente ocupado o dificultad para disponer de períodos de tiempo bajo nuestro propio control. Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple cantidad de horas sería insuficiente.

Desde la perspectiva de Wajcman, comprender la presión temporal exige observar no solamente cuánto tiempo tenemos, sino cómo se organiza, distribuye y experimenta ese tiempo, qué obligaciones contiene y cuánto control podemos ejercer sobre su utilización.

Dos personas pueden disponer de una cantidad semejante de horas libres y experimentar ese tiempo de maneras profundamente diferentes. Una puede tener una tarde relativamente disponible, mientras otra dispone de la misma cantidad total repartida entre pequeños fragmentos: veinte minutos antes de recoger a alguien, media hora entre dos obligaciones, quince minutos antes de una llamada y otros espacios breves distribuidos durante el día.

Matemáticamente pueden existir horas disponibles. Vivencialmente, no necesariamente existe tiempo disponible de la misma calidad. La duración importa, pero también importan la continuidad, la previsibilidad y la posibilidad de decidir qué hacer con ese tiempo.

La paradoja de la presión temporal

Si realmente estamos más ocupados que antes, parecería razonable esperar que las investigaciones sobre uso del tiempo mostraran una reducción generalizada del tiempo libre. Sin embargo, la evidencia que analiza Wajcman complica esta explicación. Los estudios históricos sobre uso del tiempo no permiten afirmar simplemente que todas las personas trabajen cada vez más horas; en diferentes contextos, el tiempo libre promedio incluso había aumentado mientras también crecía la proporción de personas que afirmaban sentirse apresuradas.

La paradoja es importante porque muestra que la sensación de falta de tiempo no puede explicarse únicamente contabilizando horas. Importa cuánto tiempo tenemos, pero también cuándo aparece, cómo está distribuido, qué responsabilidades compiten por él, cuántas actividades intentamos colocar dentro de esos períodos y cuánto control tenemos sobre su organización. Una tarde completa y varias pequeñas ventanas dispersas pueden sumar exactamente el mismo número de minutos y, sin embargo, ofrecer posibilidades completamente diferentes para descansar, concentrarse o desarrollar una actividad significativa.

Wajcman propone así mirar los ritmos de la vida cotidiana, no solamente las horas del reloj. Esta distinción permite comprender por qué alguien puede disponer estadísticamente de tiempo libre y, aun así, experimentar su vida como una sucesión permanente de obligaciones.

El problema quizá no sea simplemente la velocidad

Cuando hablamos de una sociedad acelerada solemos imaginar que todo sucede cada vez más rápido: mensajes, transportes, computadoras, respuestas y procesos productivos. Desde esta perspectiva parecería evidente que la tecnología produce aceleración. Sin embargo, Wajcman plantea una objeción importante: hacer algo más rápido no determina automáticamente qué haremos con el tiempo que hemos ahorrado.

Imaginemos que una tecnología permite realizar en treinta minutos una tarea que antes requería una hora. Podríamos utilizar los treinta minutos restantes para descansar, conversar o realizar una actividad que antes no encontrábamos espacio para hacer. Pero también podemos utilizar ese tiempo para incorporar otra tarea. Y después otra. La tecnología creó una posibilidad de ahorro temporal, pero las normas sociales, laborales y culturales participan en aquello que hacemos con ese ahorro.

En una cultura donde productividad y ocupación poseen un alto valor, la eficiencia puede terminar generando expectativas nuevas. Si ahora podemos hacer algo más rápido, quizá comenzamos a esperar que podamos hacer más cosas durante el mismo período. De esta manera, la velocidad no necesariamente produce tiempo libre; también puede producir mayor densidad de actividades.

Cuando ahorrar tiempo significa hacer más cosas

Esta idea resulta especialmente importante para comprender muchas tecnologías educativas. Pensemos, por ejemplo, en la evaluación. Una plataforma puede automatizar determinadas tareas que anteriormente requerían bastante tiempo. La inteligencia artificial puede ayudarnos a organizar información, generar materiales iniciales, producir borradores o realizar algunas tareas administrativas con mayor rapidez. La pregunta habitual frente a estas herramientas es cuánto tiempo podemos ahorrar.

Wajcman permite introducir una pregunta diferente: ¿qué ocurre con el tiempo que ahorramos?

Ese tiempo puede convertirse en una conversación más detenida con un estudiante, en espacio para reflexionar sobre nuestra práctica, leer, diseñar mejor una actividad o simplemente descansar. Pero también puede convertirse en la oportunidad para incorporar nuevas obligaciones. Si una herramienta reduce a la mitad el tiempo necesario para producir determinado material, una institución podría interpretar esa eficiencia como una posibilidad para solicitar más materiales.

Entonces aparece una paradoja particularmente contemporánea: somos más eficientes, conseguimos producir más y continuamos sintiendo que no tenemos tiempo. La eficiencia tecnológica, por sí sola, no garantiza autonomía temporal.

Estar ocupado también se convirtió en una forma de valor

Wajcman introduce otro elemento que resulta particularmente provocador: la experiencia de estar ocupado no tiene solamente una dimensión práctica, sino también cultural. En determinados contextos contemporáneos, estar permanentemente ocupado puede funcionar como señal de importancia, compromiso profesional o éxito. Una agenda llena comunica que nuestra actividad es demandada y que tenemos múltiples responsabilidades.

Frases como “estoy saturado”, “no he parado”, “traigo muchísimo trabajo” o “esta semana no tengo un minuto” expresan muchas veces un cansancio completamente real. Sin embargo, también habitamos culturas profesionales donde disponer de demasiado tiempo libre puede generar sospecha. Si alguien tiene tiempo disponible, aparece rápidamente la posibilidad de preguntarse si podría asumir otra responsabilidad, producir algo más o utilizar ese espacio de manera más “productiva”.

Por eso la presión temporal no puede comprenderse separada de las normas culturales mediante las cuales valoramos el tiempo. No solamente hacemos muchas cosas; también hemos construido sociedades donde hacer muchas cosas puede convertirse en una señal de valor personal y profesional. El problema temporal comienza entonces a relacionarse con nuestra manera de entender el trabajo, el mérito y la productividad.

La conectividad permanente transforma los límites del tiempo

Las tecnologías móviles introducen además una transformación particular: permiten que actividades anteriormente separadas temporal y espacialmente comiencen a superponerse. El trabajo ya no necesita permanecer físicamente en el lugar de trabajo. Podemos revisar un correo durante la cena, responder un mensaje mientras esperamos, consultar un documento durante el fin de semana o resolver una situación laboral desde cualquier lugar.

Esto puede ser enormemente útil. La conectividad proporciona flexibilidad y puede permitir que una persona organice mejor determinadas responsabilidades, evite desplazamientos o combine actividades que antes eran difíciles de coordinar. Por eso Wajcman evita presentar las tecnologías digitales simplemente como enemigas del tiempo. El mismo dispositivo que permite que el trabajo invada otros momentos puede ofrecer a algunas personas mayor capacidad para reorganizar su jornada.

La cuestión decisiva aparece en quién controla esa flexibilidad. No es lo mismo poder decidir responder un mensaje desde casa para liberar otra parte de la jornada que estar obligado a permanecer disponible porque los demás esperan una respuesta inmediata. En ambos casos utilizamos la misma tecnología, pero nuestra experiencia temporal es completamente distinta.

Tener tiempo no es lo mismo que controlar nuestro tiempo

Nuestra experiencia del tiempo depende parcialmente de cuánto control podemos ejercer sobre él. Una hora que puedo decidir cómo utilizar no se experimenta necesariamente igual que una hora durante la cual debo permanecer disponible por si alguien necesita algo. Puedo no estar trabajando activamente y, sin embargo, tampoco sentirme completamente libre.

Esta distinción permite hablar de autonomía temporal: la posibilidad de ejercer cierto control sobre la distribución y el uso de nuestro propio tiempo. El problema deja entonces de ser únicamente cuánto tiempo libre tenemos y comienza a incluir una pregunta más compleja: ¿sobre cuánto de nuestro tiempo podemos realmente decidir?

Para educación, esta distinción resulta especialmente fértil. Un docente puede terminar oficialmente su jornada escolar y, sin embargo, continuar disponible para mensajes, plataformas, planeaciones, reportes y pendientes. El horario institucional indica que terminó el trabajo, pero la experiencia temporal puede decir algo diferente. Una parte de su tiempo permanece vinculada a la posibilidad de que aparezca una nueva demanda.

La tecnología no afecta igual el tiempo de todas las personas

Otro aporte fundamental de Wajcman consiste en cuestionar la idea de una experiencia universal de aceleración. No todos experimentamos el tiempo de la misma manera porque las responsabilidades laborales, familiares y domésticas están distribuidas de manera desigual. También lo están los recursos económicos, las posibilidades de delegar determinadas actividades y el grado de control que una persona puede ejercer sobre su jornada.

Su análisis presta particular atención al género. Las investigaciones sobre uso del tiempo muestran que las mujeres que combinan empleo remunerado con responsabilidades familiares y de cuidado pueden experimentar una presión temporal especialmente intensa. Esta situación no puede explicarse simplemente por la presencia del teléfono inteligente o internet. Para comprenderla es necesario observar conjuntamente el trabajo remunerado, el trabajo doméstico, las responsabilidades de cuidado, la organización familiar, las expectativas culturales y las tecnologías que atraviesan esas actividades.

La presión temporal tiene, por tanto, una dimensión social. Preguntar quién tiene tiempo también significa preguntar quién dispone de autonomía sobre su propio tiempo, quién realiza determinadas tareas y quién puede transferirlas a otras personas.

El tiempo docente tampoco está distribuido de manera neutral

Esta perspectiva permite formular preguntas incómodas sobre la profesión docente. Decimos frecuentemente que “los maestros no tienen tiempo”, pero esa afirmación puede esconder experiencias muy diferentes. Puede significar demasiadas horas de trabajo, pero también fragmentación, interrupciones, tareas administrativas, cambios continuos de actividad, disponibilidad permanente, reuniones, mensajes, plataformas, responsabilidades familiares y trabajo que se traslada al hogar.

Además, el tiempo disponible no siempre aparece cuando tenemos las condiciones cognitivas o emocionales necesarias para utilizarlo. Un docente puede disponer de una hora al final del día y, sin embargo, llegar a ella después de múltiples interacciones, decisiones y demandas. Formalmente tiene sesenta minutos. En términos de energía, concentración y disposición, ese tiempo puede tener características muy diferentes de una hora disponible al comienzo de la jornada.

Dos docentes con la misma carga horaria oficial pueden experimentar presiones temporales profundamente distintas. Por eso estudiar el tiempo docente únicamente mediante horarios contractuales o calendarios institucionales puede resultar insuficiente. Necesitamos observar cómo se vive, se fragmenta y se controla ese tiempo.

La escuela también produce determinadas temporalidades

La educación está profundamente organizada por estructuras temporales: horarios, timbres, calendarios, sesiones, fechas de entrega, períodos de evaluación, ciclos escolares y tiempos administrativos. La escuela no solamente ocurre dentro del tiempo; también produce una determinada organización temporal de la experiencia.

Una clase puede terminar porque sonó un timbre aunque la conversación estuviera llegando a un punto especialmente interesante. Un proyecto necesita cerrarse porque comienza el período de evaluación. Una planeación divide experiencias de aprendizaje en sesiones porque así está organizado el calendario. Estas estructuras son necesarias para coordinar instituciones complejas, pero también condicionan aquello que puede suceder dentro de ellas.

Desde la perspectiva de Wajcman podemos formular una pregunta que normalmente permanece en segundo plano: ¿qué formas de aprendizaje son posibles dentro de los ritmos que hemos construido? Algunos procesos pueden organizarse fácilmente dentro de períodos predeterminados; otros necesitan tiempos más flexibles, retornos, pausas o desarrollos que no coinciden perfectamente con el calendario escolar.

La aceleración también puede entrar al aula

Existe una tendencia educativa que merece observarse desde esta perspectiva. Queremos aprovechar el tiempo y, por ello, intentamos colocar más cosas dentro de él: más contenidos, actividades, evidencias, recursos, productos y herramientas. Una clase “bien aprovechada” puede terminar convertida en una secuencia donde prácticamente no existe espacio entre una actividad y la siguiente.

El tiempo pedagógico comienza entonces a parecerse a una agenda productiva. Terminamos una actividad e inmediatamente comienza otra porque dejar algunos minutos sin una tarea claramente identificable puede interpretarse como desperdicio. Sin embargo, aprender no siempre ocurre al ritmo de nuestra planeación. Comprender puede necesitar pausas; una pregunta puede necesitar silencio; una conversación puede desviarse antes de producir una idea importante; un estudiante puede necesitar volver sobre algo que aparentemente ya habíamos terminado.

El problema de una educación acelerada no consiste solamente en que todo ocurra rápido. Puede consistir en que hemos reducido el espacio disponible para aquello cuyo tiempo no podemos predecir completamente.

¿La inteligencia artificial finalmente nos dará más tiempo?

La aparición de herramientas de inteligencia artificial vuelve particularmente actual la pregunta de Wajcman. Una de sus principales promesas educativas es precisamente el ahorro de tiempo: podemos generar borradores con mayor rapidez, organizar información, adaptar materiales, automatizar tareas, analizar documentos o crear recursos en períodos considerablemente menores.

Desde una perspectiva exclusivamente instrumental, la ecuación parece sencilla: menos tiempo por tarea debería significar más tiempo disponible. Sin embargo, la historia de las tecnologías orientadas a la eficiencia invita a ser más cautelosos. Si producir una planeación tarda menos, quizá comencemos a esperar planeaciones más extensas. Si crear materiales resulta más rápido, quizá esperemos más materiales. Si responder mensajes puede hacerse inmediatamente, quizá la expectativa termine siendo responder inmediatamente.

La capacidad tecnológica modifica también aquello que consideramos razonable exigir. Por eso la pregunta importante no es solamente cuánto tiempo ahorra la inteligencia artificial, sino quién se queda con el tiempo ahorrado y para qué se utiliza. Si la eficiencia solamente incrementa la cantidad de tareas esperadas, habremos aumentado productividad sin necesariamente mejorar nuestra experiencia temporal.

De la gestión del tiempo a una mirada social sobre el tiempo

Cuando alguien se siente permanentemente apresurado solemos recomendarle estrategias individuales: organizar mejor la agenda, establecer prioridades, utilizar una aplicación, desactivar notificaciones, trabajar por bloques o mejorar sus hábitos. Algunas de estas estrategias pueden resultar útiles y ofrecer mayor control sobre determinados momentos de la jornada.

El problema aparece cuando convertimos toda presión temporal en una dificultad individual de organización. Wajcman permite observar que no podemos solucionar únicamente mediante disciplina personal problemas temporales producidos también por organizaciones, relaciones laborales, responsabilidades de cuidado, expectativas de disponibilidad y normas culturales.

La gestión del tiempo pregunta: ¿cómo puedo organizar mejor mis horas?

Una perspectiva social añade otra pregunta: ¿por qué mis horas están organizadas de esta manera y quién participa en esa organización?

La diferencia es fundamental. La primera pregunta busca intervenir sobre la conducta individual; la segunda permite observar también las estructuras dentro de las cuales esa conducta ocurre. Para comprender el trabajo docente necesitamos probablemente ambas.

De la atención al tiempo: una nueva dimensión del problema

La conversación sobre atención que hemos construido con otros autores permite ahora incorporar una dimensión que permanecía parcialmente en segundo plano: el tiempo. Herbert Simon permite comprender la tensión entre abundancia de información y escasez de atención; James Williams introduce el problema de nuestra capacidad para decidir hacia dónde dirigirla; Yves Citton amplía la mirada hacia los ambientes sociales y tecnológicos que organizan lo que aparece como relevante; Gloria Mark estudia cómo las interrupciones y los cambios de actividad fragmentan la experiencia digital; y Katherine Hayles permite pensar diferentes modos de atención, entre ellos la atención profunda y la hiperatención.

Wajcman introduce una pregunta transversal: ¿dentro de qué organización del tiempo ocurren todas esas formas de atención?

La relación resulta especialmente importante porque tiempo y atención no son problemas independientes. Resulta difícil sostener atención profunda si cada pocos minutos debemos responder a una nueva demanda. Nuestra capacidad para decidir dónde colocar la atención también se reduce cuando tenemos poco control sobre nuestro propio tiempo. Y las ecologías de atención descritas por Citton están atravesadas por horarios, ritmos, expectativas de respuesta y formas socialmente construidas de organizar la vida cotidiana.

Pensar la atención contemporánea exige, por tanto, comenzar a pensar también la política cotidiana del tiempo.

¿Qué nos permite mirar Judy Wajcman que quizá antes no veíamos?

Una de las aportaciones más fértiles de Wajcman consiste en ayudarnos a abandonar una explicación tecnológica determinista. Decir que “los celulares aceleraron nuestras vidas” puede describir una parte de nuestra experiencia, pero resulta insuficiente para comprenderla. Las tecnologías no aparecen fuera de la sociedad: son diseñadas, utilizadas e incorporadas dentro de formas particulares de trabajar, producir, cuidar, comunicarnos y valorar nuestro tiempo.

El correo electrónico puede ahorrar tiempo y, al mismo tiempo, producir nuevas expectativas de disponibilidad. Una plataforma puede simplificar una tarea y generar otras. La inteligencia artificial puede automatizar trabajo y elevar aquello que esperamos producir. Ninguno de estos resultados está contenido automáticamente en la tecnología. Depende también de las prácticas, instituciones y relaciones sociales que construimos alrededor de ella.

Esta perspectiva evita dos extremos igualmente problemáticos. No necesitamos afirmar que la tecnología destruyó nuestro tiempo, pero tampoco asumir que cualquier innovación que prometa eficiencia necesariamente mejorará nuestra vida. La pregunta importante es qué relaciones, expectativas y formas de organización temporal estamos construyendo junto con esas tecnologías.

¿Cuáles son los límites de esta perspectiva?

La obra de Wajcman no constituye una teoría educativa ni pretende explicar específicamente cómo aprenden los estudiantes bajo presión temporal. Su análisis se concentra principalmente en las relaciones entre tecnología, trabajo, vida cotidiana, género y organización social del tiempo. Por ello, trasladar sus ideas al aula requiere reconocer que estamos realizando una interpretación educativa de un marco sociológico más amplio.

Tampoco debemos asumir que todas las personas experimentan las tecnologías digitales de la misma manera. Una herramienta puede ampliar enormemente la autonomía temporal de alguien y aumentar las demandas sobre otra persona. Incluso la aceleración puede ser deseable en determinadas situaciones: hay procesos que queremos realizar con mayor rapidez porque eso libera recursos para otras actividades.

El problema no es la velocidad en sí misma. La cuestión es qué aceleramos, para qué lo hacemos, quién se beneficia de esa aceleración y qué sucede con el tiempo que conseguimos liberar.

¿Qué significa esto para la práctica docente?

Wajcman no nos entrega una técnica para organizar mejor una clase, y quizá ahí radica precisamente el valor de leerla desde educación. Su pensamiento puede funcionar como una lente para revisar cuántas actividades intentamos colocar dentro de una sesión, cuánto espacio dejamos para aquello que no podemos anticipar, qué expectativas de disponibilidad hemos normalizado y qué tecnologías realmente simplifican nuestro trabajo.

También podemos observar qué ocurre cuando una herramienta nos permite ahorrar tiempo. Ese espacio puede utilizarse para mejorar una actividad, conversar, pensar, descansar o realizar otra tarea. Ninguna respuesta es automáticamente correcta. Lo importante es reconocer que el tiempo liberado se convierte inmediatamente en objeto de nuevas decisiones y expectativas.

Quizá una pedagogía consciente del tiempo necesite algo más que eficiencia. Necesite proteger determinados tiempos: tiempo para comprender, conversar, equivocarse, revisar una idea, observar, pensar y recuperar energía. Incluso tiempo que no necesite justificarse inmediatamente mediante un producto visible.

Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.

Preguntas para reflexionar sobre nuestra práctica

  • ¿Cuánto de nuestra sensación de falta de tiempo proviene de trabajar más horas y cuánto de la manera en que esas horas están organizadas?
  • ¿Qué tecnologías educativas realmente nos ahorran tiempo y cuáles generan nuevas tareas?
  • Cuando una herramienta nos permite trabajar más rápido, ¿qué hacemos con el tiempo que libera?
  • ¿Qué expectativas de disponibilidad digital hemos normalizado entre docentes, estudiantes y familias?
  • ¿Estamos llenando cada minuto de clase porque confundimos aprovechamiento del tiempo con acumulación de actividades?
  • ¿Qué aprendizajes necesitan tiempos que no pueden acelerarse fácilmente?
  • ¿Quién tiene mayor control sobre su tiempo dentro de nuestra comunidad educativa?
  • ¿La inteligencia artificial está liberando tiempo docente o aumentando aquello que esperamos producir?
  • ¿Qué cambiaría si pensáramos el tiempo como una condición educativa y no solamente como un recurso que debemos administrar?

Reflexión final: la pregunta no es solamente cómo ahorrar tiempo

Durante décadas, una parte importante de la innovación tecnológica ha estado acompañada por una promesa: hacer las cosas más rápido para que tengamos más tiempo. La promesa no es necesariamente falsa. Muchas tecnologías efectivamente permiten realizar tareas con una velocidad que antes habría resultado imposible. El problema aparece cuando asumimos que esa velocidad se traducirá automáticamente en una vida con mayor disponibilidad temporal.

Judy Wajcman nos obliga a mirar lo que ocurre después. El tiempo ahorrado no permanece vacío esperando que decidamos tranquilamente qué hacer con él. Entra nuevamente en una sociedad con determinadas expectativas sobre productividad, disponibilidad, trabajo, cuidado y éxito. Por eso podemos tener herramientas cada vez más rápidas y continuar sintiéndonos apresurados.

Esta paradoja resulta especialmente importante para la educación en un momento donde nuevas tecnologías vuelven a prometer eficiencia. Frente a ellas necesitamos preguntar cuánto tiempo pueden ahorrarnos, pero también qué tipo de tiempo queremos recuperar y para qué queremos recuperarlo. No es lo mismo liberar veinte minutos para incorporar una nueva tarea que recuperarlos para conversar con un estudiante, revisar con cuidado una decisión pedagógica o simplemente terminar una jornada sin trasladar otra obligación al hogar.

Una educación preocupada únicamente por hacer más cosas en menos tiempo puede llegar a ser extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, reducir las condiciones que determinados procesos educativos necesitan. Aprender requiere a veces detenerse, volver sobre una idea, equivocarse, conversar, observar y esperar. No todos esos procesos pueden acelerarse sin transformar aquello que son.

Quizá el desafío tecnológico no consista solamente en conseguir que las cosas ocurran más rápido. También puede consistir en construir colectivamente la capacidad para decidir qué queremos acelerar, qué queremos hacer con el tiempo recuperado y qué experiencias educativas vale la pena proteger precisamente porque necesitan tiempo.


 

Repensar la educación, también por correo

Cada semana, una pausa para entender antes de reaccionar:

Entender lo que pasa en el aula

• Ordenar el ruido educativo

• Pensar distinto sin sentirte solo

Puedes darte de baja cuando quieras. Aquí se piensa con calma, no se satura. Política de privacidad para obtener más información.