James Williams y la libertad de atención: qué significa para la educación

Nuestra atención no solo determina qué miramos durante unos segundos. También participa en aquello que hacemos, los proyectos que conseguimos sostener y las preguntas que somos capaces de formular sobre nuestra propia vida. James Williams propone mirar la economía de la atención desde este problema más profundo.

¿Qué ocurre cuando alguien más compite por nuestra atención?

Imaginemos una situación bastante cotidiana. Una estudiante abre su computadora porque necesita terminar un trabajo. Lleva algunos minutos leyendo cuando aparece una notificación. La revisa rápidamente y vuelve al documento. Poco después recuerda otro mensaje que había dejado pendiente. Lo responde. Antes de regresar al trabajo abre una red social casi automáticamente y, cuando finalmente vuelve a la lectura, necesita reconstruir aquello que estaba intentando comprender.

Podríamos interpretar la escena como un problema de distracción. También podríamos decir que la estudiante necesita mayor disciplina, mejores hábitos de estudio o simplemente guardar el teléfono. Dependiendo de las circunstancias, algunas de estas explicaciones pueden tener sentido.

James Williams propone observar algo más.

¿Qué sucede cuando los ambientes tecnológicos que utilizamos cotidianamente están diseñados para competir por nuestra atención?

La pregunta cambia el problema porque deja de situarlo exclusivamente en la voluntad del individuo. Ya no estamos hablando solamente de una persona que se distrae frente a una tecnología neutral, sino de una relación entre personas que intentan orientar su vida hacia determinados objetivos y sistemas tecnológicos que también tienen objetivos sobre su comportamiento.

El problema de la atención comienza entonces a convertirse en un problema de libertad.

¿Quién es James Williams y qué problema intenta comprender?

James Williams es un filósofo y escritor que ha trabajado sobre las relaciones entre tecnología, atención y libertad. Antes de dedicarse a estas cuestiones desde la filosofía, trabajó en el sector tecnológico, una experiencia que posteriormente formaría parte del contexto desde el cual comenzó a cuestionar el papel que las tecnologías digitales estaban adquiriendo en nuestra vida cotidiana.

En 2018 publicó Stand Out of Our Light: Freedom and Resistance in the Attention Economy, una obra dedicada a analizar las consecuencias de vivir dentro de sistemas tecnológicos que compiten sistemáticamente por captar y mantener nuestra atención.

Williams parte de una transformación importante. Durante mucho tiempo, la información podía considerarse un recurso relativamente escaso. Con el crecimiento de internet y las tecnologías digitales, esa situación comenzó a modificarse. La información disponible aumentó enormemente, mientras nuestra capacidad humana para atenderla continuó siendo limitada.

Aquí podemos reconocer el problema que Herbert Simon había señalado décadas antes: cuando la información se vuelve abundante, la atención comienza a convertirse en el recurso escaso.

Williams retoma ese escenario, pero desplaza la pregunta.

Si la atención es escasa, ¿qué sucede cuando industrias enteras desarrollan tecnologías específicamente orientadas a competir por ella?

¿Qué es la economía de la atención para James Williams?

Para Williams, la economía digital de la atención puede entenderse como un entorno en el que numerosos productos y servicios tecnológicos compiten por captar y explotar nuestra atención. El éxito de muchos de estos sistemas depende de conseguir que las personas permanezcan mirando, desplazándose, haciendo clic, reaccionando o regresando continuamente.

Esto permite comprender por qué determinadas características de las plataformas no deberían analizarse solamente como detalles de diseño. Las notificaciones, recomendaciones, reproducciones automáticas, métricas sociales o sistemas de actualización constante forman parte de ambientes que pueden orientar nuestro comportamiento.

Pero Williams quiere llevar la discusión todavía más lejos.

La libertad de atención es la capacidad de orientar nuestra atención de acuerdo con nuestros propios propósitos, objetivos y valores. Desde esta perspectiva, el problema de la economía de la atención no consiste únicamente en que las tecnologías puedan distraernos, sino en que pueden interferir con nuestra capacidad para dirigir nuestra vida hacia aquello que consideramos importante.

Esta distinción cambia profundamente la conversación.

La pregunta deja de ser solamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla.

Comienza a ser quién está decidiendo hacia dónde miramos y para qué.

De Herbert Simon a James Williams: de la escasez a la libertad de atención

Herbert Simon y James Williams pueden leerse como dos momentos diferentes de una misma conversación.

Simon ayuda a comprender un problema estructural: nuestra capacidad para procesar información es limitada. Si la cantidad de información disponible aumenta considerablemente, necesitamos distribuir nuestra atención entre una cantidad creciente de posibilidades.

Williams introduce otra dimensión. En el ecosistema digital contemporáneo, esa atención limitada tiene también valor económico. Diferentes plataformas, anunciantes y servicios tienen incentivos para conseguir una parte de ella.

La diferencia es importante.

Simon permite preguntar:

¿A qué podemos prestar atención cuando existe demasiada información?

Williams nos lleva hacia otra pregunta:

¿Quién está intentando decidir a qué prestamos atención?

Y desde ahí aparece una tercera cuestión todavía más profunda: si aquello a lo que prestamos atención participa en nuestras decisiones, nuestros proyectos y nuestra manera de comprender el mundo, ¿qué significa realmente conservar libertad sobre nuestra atención?

No existe una sola forma de atención

Una de las aportaciones más interesantes de Williams consiste en cuestionar la manera cotidiana en que hablamos de la atención. Normalmente pensamos en ella como un foco: estamos mirando una cosa o estamos distraídos por otra.

Sin embargo, esa definición puede resultar demasiado limitada para comprender lo que está en juego.

Williams propone una metáfora formada por tres “luces” de la atención: spotlight, starlight y daylight. No las presenta como una clasificación científica cerrada, sino como una herramienta conceptual para explorar diferentes niveles en los que nuestra atención participa en nuestra capacidad para actuar y orientar nuestra vida.

La distinción resulta especialmente interesante para la educación porque permite comprender que una distracción momentánea y la dificultad para construir un proyecto de largo plazo no son exactamente el mismo problema.

Spotlight: la atención sobre aquello que estamos haciendo

El primer nivel es el spotlight, que podríamos traducir como foco o reflector. Se refiere a nuestra capacidad inmediata para dirigir la conciencia y la acción hacia una tarea.

Estamos leyendo un texto, resolviendo un problema, escuchando una explicación o manteniendo una conversación. Nuestra atención se encuentra orientada hacia aquello que intentamos hacer.

Una notificación puede interrumpir ese foco. También puede hacerlo una conversación cercana, un pensamiento repentino o cualquier otro estímulo suficientemente relevante.

Este es probablemente el nivel de atención que más fácilmente reconocemos en la escuela. Cuando decimos que un estudiante “se distrajo”, normalmente estamos observando algo relacionado con este foco inmediato: dejó de atender la explicación, abandonó momentáneamente una tarea o comenzó a observar otra cosa.

Las tecnologías digitales pueden competir directamente en este nivel. Una notificación no necesita conseguir que abandonemos nuestros objetivos para siempre; basta con obtener unos segundos de nuestra atención.

Pero Williams considera que reducir todo el problema a este nivel sería insuficiente.

Starlight: la atención que orienta nuestros proyectos

El segundo nivel es el starlight, literalmente “luz de las estrellas”. La metáfora recuerda a quienes se orientaban mediante las estrellas para mantener un rumbo.

Aquí Williams ya no está pensando únicamente en aquello que estamos haciendo durante los próximos segundos, sino en objetivos más amplios que organizan nuestras acciones.

Terminar una carrera.

Aprender un idioma.

Desarrollar una investigación.

Escribir un libro.

Construir una relación.

Convertirnos en cierto tipo de profesional.

Todos estos proyectos requieren algo diferente del foco inmediato. Necesitamos ser capaces de mantener una dirección a lo largo del tiempo incluso cuando aparecen otras posibilidades más atractivas en el presente.

Podemos comprender fácilmente su relevancia educativa. Un estudiante puede saber perfectamente que quiere terminar una investigación y, al mismo tiempo, experimentar continuamente demandas que compiten con las acciones necesarias para conseguirlo.

El problema ya no consiste solamente en perder cinco minutos.

Consiste en la dificultad para sostener un rumbo.

Daylight: la atención que nos permite preguntarnos qué queremos

El tercer nivel es el más profundo y Williams lo denomina daylight, “luz del día”.

Aquí la cuestión ya no consiste simplemente en hacer aquello que queremos hacer ni en convertirnos en aquello que queremos ser. Se relaciona con las capacidades que necesitamos para preguntarnos qué queremos querer.

Reflexionar.

Tomar distancia.

Examinar nuestros valores.

Relacionar experiencias.

Cuestionar nuestros propios deseos.

Imaginar posibilidades diferentes.

Reconsiderar nuestras prioridades.

Williams sitúa aquí capacidades como la reflexión, la metacognición y el razonamiento que nos permiten definir nuestros propios objetivos y valores.

La diferencia puede parecer pequeña, pero es fundamental.

Una cosa es preguntarme si conseguí terminar la tarea que quería hacer.

Otra es preguntarme por qué considero importante hacerla.

Y todavía otra es disponer del espacio mental necesario para cuestionar si aquello que estoy persiguiendo realmente corresponde con la vida que quiero construir.

En este nivel, la economía de la atención deja de ser solamente un problema de productividad.

Se convierte en un problema relacionado con nuestra autonomía.

Tres formas de atención dentro de una misma experiencia educativa

Podemos imaginar estos tres niveles dentro de una situación escolar.

Una estudiante está preparando un proyecto que deberá presentar al finalizar el semestre. Mientras trabaja recibe continuamente mensajes y notificaciones.

En el nivel del spotlight, esas interrupciones compiten con la tarea que está realizando en ese momento. Cada vez que cambia de estímulo necesita reorganizar aquello que estaba haciendo.

En el nivel del starlight, el problema tiene que ver con mantener el proyecto como una dirección significativa a lo largo del tiempo. La estudiante necesita organizar diferentes acciones durante días o semanas para alcanzar un objetivo que no proporciona una recompensa inmediata.

En el nivel del daylight, aparece una pregunta diferente: ¿comprende por qué está realizando ese proyecto?, ¿puede relacionarlo con aquello que quiere aprender?, ¿tiene espacios para pensar sobre sus propios objetivos?, ¿puede cuestionar incluso aquello que la escuela le propone como importante?

La misma experiencia puede involucrar diferentes niveles de atención.

Por eso hablar simplemente de “estudiantes distraídos” puede resultar insuficiente.

La educación no debería competir solamente por captar atención

La economía digital ha popularizado una lógica que también puede infiltrarse en nuestra manera de pensar la enseñanza: si algo consigue captar atención, entonces funciona.

De ahí surge una preocupación comprensible por hacer las clases más dinámicas, visuales, interactivas y entretenidas. Ninguna de estas características es negativa por sí misma. Una experiencia atractiva puede favorecer enormemente el aprendizaje.

El problema aparece cuando atención y aprendizaje se convierten en sinónimos.

Un video puede mantener la mirada de un estudiante sin producir necesariamente comprensión. Una actividad puede generar participación inmediata sin dejar aprendizajes significativos. Una presentación visualmente espectacular puede conseguir atención durante algunos minutos y, aun así, no ayudar a construir relaciones conceptuales profundas.

La perspectiva de Williams permite formular otra pregunta.

En lugar de pensar solamente:

¿cómo consigo la atención de mis estudiantes?

podemos preguntarnos:

¿qué tipo de atención necesita aquello que quiero que comprendan?

Algunas experiencias necesitan curiosidad inmediata. Otras requieren concentración sostenida. Algunas necesitan conversación. Otras necesitan silencio, tiempo, exploración, frustración productiva o reflexión.

Diseñar pedagógicamente la atención no significa convertirnos en competidores de TikTok.

Significa comprender qué condiciones necesita el pensamiento.

De captar la atención a formar autonomía

Aquí aparece una implicación educativa todavía más importante.

Si aceptamos la perspectiva de Williams, una educación preocupada por la atención no debería limitarse a conseguir que los estudiantes se concentren mejor.

También tendría que preguntarse si estamos ayudándolos a desarrollar mayor capacidad para orientar conscientemente su propia atención.

Esto implica aprender a reconocer cuándo algo intenta captarla, comprender algunas estrategias mediante las cuales los entornos digitales buscan mantenernos interactuando y desarrollar criterios para decidir cuándo vale la pena permanecer, cuándo necesitamos alejarnos y qué merece una atención más profunda.

No se trata simplemente de autocontrol.

Una perspectiva exclusivamente individual podría terminar diciendo al estudiante: “administra mejor tu tiempo y deja de distraerte”. Pero Williams permite observar que esa persona intenta autorregularse dentro de ambientes que también han sido diseñados para influir en su comportamiento.

Por eso la autonomía atencional tiene una dimensión personal, pero también tecnológica, económica y cultural.

¿Qué significa esto para la práctica docente?

La propuesta de Williams no debería transformarse en una nueva receta para conseguir estudiantes permanentemente concentrados. De hecho, hacerlo contradiría parte del problema que estamos intentando comprender.

Su pensamiento puede servir mejor como una lente para revisar nuestras decisiones pedagógicas.

Podemos preguntarnos, por ejemplo, si nuestras actividades permiten períodos reales de concentración o fragmentan constantemente la experiencia; si incorporamos tecnologías porque ayudan a comprender algo o porque sentimos que toda clase necesita estímulos permanentes; si damos espacio para que los estudiantes construyan objetivos propios o solamente ejecuten instrucciones; y si existen momentos educativos donde puedan detenerse a pensar sobre aquello que están aprendiendo y por qué podría importarles.

La atención deja así de ser únicamente una condición previa del aprendizaje.

También puede convertirse en algo sobre lo que educamos.

El problema no se resuelve apagando el teléfono

Una conclusión rápida podría ser que necesitamos eliminar las tecnologías que producen distracción. En determinados contextos puede tener sentido establecer límites, acuerdos o momentos sin dispositivos. Pero reducir toda la discusión a prohibir teléfonos dejaría intacto el problema conceptual planteado por Williams.

La economía de la atención no existe únicamente dentro de un aparato. Forma parte de un ecosistema económico y cultural más amplio en el que numerosas tecnologías, servicios y organizaciones compiten por orientar nuestro comportamiento.

Además, la capacidad para dirigir nuestra atención no se desarrolla simplemente eliminando cualquier posibilidad de distracción.

También necesita reflexión, hábitos, criterios, conocimiento sobre los entornos tecnológicos y oportunidades para tomar decisiones.

Quizá la pregunta educativa no sea únicamente cómo proteger a los estudiantes de aquello que intenta captar su atención, sino cómo ayudarlos progresivamente a reconocer esas fuerzas y construir mayor capacidad para decidir frente a ellas.

¿Cuáles son los límites de la propuesta de James Williams?

También necesitamos leer a Williams críticamente.

Sus categorías de spotlight, starlight y daylight son herramientas conceptuales para pensar el problema de la atención, no una taxonomía psicológica demostrada experimentalmente. El propio Williams presenta estas “luces” como una heurística exploratoria.

Esta precisión importa especialmente cuando trasladamos su pensamiento a educación. No sería correcto convertir los tres niveles en una nueva clasificación de estudiantes, un instrumento diagnóstico o una secuencia didáctica universal.

Tampoco toda dificultad para sostener objetivos puede explicarse por las plataformas digitales. Las posibilidades de dirigir nuestra vida dependen de condiciones económicas, sociales, familiares, institucionales y personales profundamente diferentes. Tener tiempo y espacio para reflexionar también puede ser un privilegio distribuido de manera desigual.

Williams ofrece una lente poderosa para observar una dimensión de nuestra experiencia tecnológica.

No explica por sí solo toda nuestra relación con la atención.

¿Qué nos permite mirar James Williams que quizá antes no veíamos?

Quizá su aportación más interesante para la educación consiste en ampliar aquello que entendemos por atención.

Si solamente pensamos en el spotlight, nuestro problema educativo será conseguir que el estudiante mire hacia donde queremos que mire.

Pero cuando incorporamos el starlight, aparece la pregunta por los proyectos que una persona consigue sostener.

Y cuando llegamos al daylight, la pregunta cambia todavía más: ¿estamos formando personas capaces de detenerse, reflexionar y construir criterios propios sobre aquello que consideran valioso?

En ese punto, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica.

Se vuelve profundamente educativa.

Porque educar nunca ha consistido solamente en conseguir que alguien nos preste atención.

También tiene que ver con acompañar el desarrollo de personas capaces de decidir a qué vale la pena prestársela.

Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.

Preguntas para reflexionar sobre nuestra práctica

  • ¿Cuando pedimos atención en el aula estamos buscando obediencia, participación o comprensión?
  • ¿Qué experiencias escolares favorecen realmente períodos de atención profunda?
  • ¿Cuántas veces incorporamos nuevos estímulos pensando que más interacción necesariamente significa más aprendizaje?
  • ¿Ayudamos a nuestros estudiantes a construir proyectos que necesiten sostenerse más allá de la recompensa inmediata?
  • ¿Existen momentos dentro de nuestras clases para detenerse, reflexionar y cuestionar lo que se está haciendo?
  • ¿Estamos enseñando a utilizar tecnologías o también a comprender cómo esas tecnologías intentan orientar nuestra atención?
  • ¿Qué significaría educar para una mayor libertad de atención?

Reflexión final: educar la atención sin apropiarnos de ella

Existe una paradoja interesante en la educación. Necesitamos la atención de nuestros estudiantes para construir determinadas experiencias de aprendizaje, pero al mismo tiempo una educación orientada hacia la autonomía debería aspirar a que esas personas dependan cada vez menos de que alguien más les diga dónde colocarla.

James Williams permite mirar esta tensión desde una perspectiva especialmente fértil. El problema de la economía de la atención no consiste solamente en que nuestros teléfonos nos interrumpan o en que las redes sociales consuman parte de nuestro tiempo. La cuestión más profunda aparece cuando aquello que consigue dirigir nuestra atención comienza también a participar en nuestros objetivos, prioridades y maneras de comprender el mundo.

Esto no convierte automáticamente a las plataformas en enemigas de la educación ni significa que toda influencia tecnológica elimine nuestra autonomía. La relación entre personas, tecnologías y cultura es mucho más compleja.

Pero sí nos obliga a formular una pregunta que la escuela difícilmente puede ignorar.

Si una parte creciente de nuestra vida transcurre dentro de sistemas construidos para orientar nuestra atención, quizá una tarea educativa contemporánea sea ayudar a comprender esos sistemas y desarrollar mayor capacidad para decidir frente a ellos.

No para conseguir estudiantes que nunca se distraigan.

Sino para contribuir a formar personas capaces de reconocer que su atención es limitada, que otros intentarán orientarla y que decidir dónde colocarla también forma parte de la construcción de su propia vida.

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