Herbert Simon y la economía de la atención: qué significa y por qué importa en educación
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Vivimos rodeados de más información de la que podemos procesar. Herbert Simon advirtió hace más de medio siglo una consecuencia fundamental: cuando la información se vuelve abundante, la atención humana se convierte en un recurso escaso.
Actualizado 17/09/26
¿Por qué hablar de economía de la atención en educación?
Imaginemos una escena bastante cotidiana. Un estudiante abre su computadora para realizar una actividad escolar mientras, en otra pestaña, tiene un video de YouTube. Su teléfono vibra porque acaba de recibir un mensaje, recuerda que tiene otra tarea pendiente y, mientras intenta comprender las instrucciones del profesor, aparece una nueva notificación. Ninguno de estos estímulos parece particularmente extraordinario; juntos, sin embargo, configuran el ambiente informativo en el que intenta aprender.
Frente a una situación como esta resulta fácil llegar a una conclusión conocida: los estudiantes ya no ponen atención. La frase parece explicar lo que sucede porque coincide con algo que muchos docentes observamos cotidianamente. Sin embargo, describir que alguien está distraído no necesariamente explica por qué ocurre. Quizá necesitamos formular una pregunta distinta: ¿qué sucede cuando una persona debe distribuir una capacidad limitada de atención entre una cantidad creciente de información, estímulos y demandas?
Aunque esta pregunta parece propia de nuestra época, uno de sus antecedentes intelectuales más interesantes apareció varias décadas antes de TikTok, Instagram, los teléfonos inteligentes e incluso de la expansión de internet. En 1971, Herbert A. Simon planteó una relación que resulta especialmente útil para interpretar nuestro presente: cuando la información se vuelve abundante, aquello que comienza a escasear es la atención necesaria para procesarla.
Esta idea puede ayudarnos a mirar algunos problemas educativos contemporáneos desde otro lugar. Quizá la dificultad no consiste solamente en conseguir que los estudiantes “pongan atención”, sino también en comprender qué está compitiendo por ella, cómo organizamos la información y qué condiciones estamos construyendo para que algo pueda ser atendido, procesado y finalmente comprendido.
¿Quién fue Herbert Simon y qué estaba intentando comprender?
Herbert A. Simon (1916-2001) fue un investigador estadounidense cuya trayectoria resulta difícil de encerrar dentro de una sola disciplina. Trabajó en campos como la economía, la administración, la psicología cognitiva, las ciencias de la computación y la inteligencia artificial. Esa diversidad no fue accidental: buena parte de su trabajo estuvo dedicada a comprender cómo las personas y las organizaciones toman decisiones en situaciones reales.
Este punto es importante porque permite situar su reflexión sobre la atención dentro de un problema intelectual más amplio. Algunos modelos económicos podían representar a las personas como agentes capaces de conocer las alternativas disponibles, evaluar sus consecuencias y elegir racionalmente aquella que maximizara sus beneficios. Simon cuestionó esta representación porque los seres humanos tomamos decisiones bajo múltiples limitaciones: no conocemos toda la información posible, tampoco disponemos de tiempo infinito y nuestra capacidad para procesar aquello que sabemos es limitada.
De esta discusión surgió uno de los conceptos más conocidos de su pensamiento: la racionalidad limitada. Las personas intentamos tomar decisiones razonables, pero lo hacemos dentro de condiciones concretas y con capacidades cognitivas finitas. No somos máquinas capaces de calcular indefinidamente todas las posibilidades antes de actuar.
Esta preocupación por los límites humanos para procesar información ayuda a entender por qué la atención terminaría convirtiéndose también en un problema relevante dentro de su pensamiento.
El contexto: ¿qué sucede cuando comienza a sobrar información?
Para comprender la propuesta de Simon conviene evitar trasladarlo directamente a nuestro presente. Cuando escribió sobre la escasez de atención no estaba intentando explicar las redes sociales ni anticipar el funcionamiento de TikTok. El problema que observaba era más amplio y estaba relacionado con las transformaciones de las sociedades y organizaciones que producían, almacenaban y transmitían cantidades cada vez mayores de información.
Durante buena parte de la historia, acceder a determinados conocimientos podía resultar difícil, lento y costoso. Bibliotecas, universidades, escuelas, libros y especialistas cumplían, entre muchas otras funciones, la tarea de conservar y hacer circular información relativamente escasa o de difícil acceso. Pero durante el siglo XX comenzaron a desarrollarse tecnologías y sistemas organizativos capaces de producir y distribuir información a una escala cada vez mayor.
Esto generaba una paradoja. Tener más información disponible podía ampliar enormemente nuestras posibilidades para conocer y decidir, pero nuestra capacidad humana para procesarla no crecía al mismo ritmo. Una organización podía producir cientos de informes, documentos y datos, pero las personas encargadas de tomar decisiones seguían disponiendo de una cantidad limitada de tiempo y atención para interpretarlos.
En su texto de 1971 Designing Organizations for an Information-Rich World, Simon formuló precisamente esta tensión. Si existe más información de la que podemos procesar, el problema deja de ser únicamente cómo conseguirla. Aparece una nueva dificultad: decidir a qué información vamos a dedicar nuestra atención.
¿Qué es la economía de la atención según Herbert Simon?
La idea central puede explicarse de manera relativamente sencilla:
La economía de la atención parte del reconocimiento de que la atención humana es limitada. Cuando existe más información disponible de la que podemos procesar, la atención se convierte en un recurso escaso que debe distribuirse entre diferentes mensajes, tareas, estímulos y fuentes de información.
Simon planteó que una riqueza de información genera, paradójicamente, una pobreza de atención. Esto ocurre porque toda información necesita consumir algo para poder ser procesada: tiempo, esfuerzo cognitivo y atención de quien la recibe.
La relación es importante porque cuestiona una intuición bastante extendida. Tendemos a pensar que disponer de más información necesariamente nos coloca en mejores condiciones para comprender una situación. Sin embargo, llega un momento en que agregar información puede incrementar también la dificultad para identificar qué es relevante. Tenemos que seleccionar, jerarquizar, descartar y decidir dónde colocar nuestros recursos cognitivos.
Pensemos, por ejemplo, en una biblioteca. Si contiene solamente diez libros y necesitamos investigar un tema que ninguno aborda, tenemos un problema de escasez de información. Pero imaginemos ahora una biblioteca con diez millones de documentos relacionados potencialmente con nuestra pregunta. El problema cambia: ¿cuál debemos leer?, ¿qué información es confiable?, ¿qué podemos ignorar?, ¿cuánto tiempo podemos dedicar a buscar antes de comenzar a estudiar?
La abundancia resolvió parcialmente un problema y produjo otro.
Simon no estaba hablando de TikTok
Esta precisión merece un espacio propio porque la economía de la atención suele utilizarse actualmente para hablar de redes sociales, plataformas y teléfonos inteligentes. La relación es pertinente, pero debemos tener cuidado de no atribuir a Simon ideas que pertenecen a desarrollos posteriores.
Simon no formuló una teoría sobre el scroll infinito, los algoritmos de recomendación o las notificaciones de nuestros teléfonos. Tampoco desarrolló por sí mismo todo aquello que hoy agrupamos bajo la expresión “economía de la atención”. Su aportación forma parte de una historia intelectual más amplia que posteriormente ha sido retomada y desarrollada desde la economía, la comunicación, la psicología, los estudios de plataformas y otras disciplinas.
Esto no disminuye la importancia de su planteamiento. Al contrario, permite utilizarlo con mayor precisión.
No necesitamos decir que Simon “predijo TikTok”. Su pregunta resulta suficientemente potente sin convertirlo en profeta de internet: ¿qué ocurre cuando nuestra capacidad para producir y recibir información supera ampliamente nuestra capacidad para atenderla?
¿Qué tiene que ver la economía de la atención con la educación?
La pregunta comienza a volverse especialmente interesante cuando la trasladamos a la escuela. Históricamente, una de las funciones de las instituciones educativas ha estado relacionada con proporcionar acceso al conocimiento. El docente conocía algo que los estudiantes todavía no conocían; el libro concentraba información que no podía encontrarse fácilmente en otros lugares; la biblioteca permitía acceder a fuentes que difícilmente estaban disponibles en casa.
Esa función no ha desaparecido. Además, sería un error suponer que actualmente todas las personas tienen el mismo acceso a información, dispositivos, conectividad o conocimientos para utilizarlos. La desigualdad informativa continúa siendo un problema educativo.
Sin embargo, junto a esa realidad ha aparecido otra. Muchos estudiantes pueden acceder en segundos a cantidades de información que habrían sido inimaginables hace algunas décadas. Una búsqueda produce miles de resultados; YouTube contiene explicaciones y tutoriales sobre prácticamente cualquier tema; las redes sociales mezclan entretenimiento, publicidad, noticias, opiniones y divulgación; mientras que las herramientas de inteligencia artificial pueden producir respuestas y explicaciones de manera inmediata.
En este escenario, proporcionar información sigue siendo importante, pero deja de ser suficiente.
La educación enfrenta también el problema de ayudar a seleccionar, jerarquizar, interpretar, contrastar y sostener la atención sobre aquello que merece ser comprendido.
La atención no entra sola al salón de clases
Cuando un estudiante entra al aula no deja afuera el ecosistema cultural e informativo en el que vive. Su atención está atravesada por mensajes, conversaciones, preocupaciones familiares, relaciones personales, tareas pendientes, videos, videojuegos, publicidad, música, plataformas digitales y expectativas escolares. Algunas de estas demandas son tecnológicas; muchas otras no lo son.
Reconocerlo evita caer en una explicación demasiado sencilla según la cual los teléfonos celulares o las redes sociales serían responsables de cualquier dificultad para concentrarse. Los problemas de atención tienen múltiples causas y no todas pueden explicarse mediante la tecnología. Tampoco existe una única experiencia juvenil frente a estos entornos.
Lo que la perspectiva de Simon permite observar es algo más específico: cada una de esas demandas solicita una parte de una capacidad de procesamiento que no es infinita.
Desde esta perspectiva, quizá necesitemos dejar de entender la atención exclusivamente como una cualidad individual que el estudiante debería traer preparada desde casa. La atención también depende de los ambientes que construimos, de la cantidad de información que presentamos, de las decisiones que facilitamos o dificultamos y de aquello que socialmente compite por ocuparla.
La escuela también participa en la saturación informativa
Aquí aparece una pregunta que puede resultar incómoda: ¿y si la escuela también contribuye, en ocasiones, a la saturación?
Pensemos en algunas experiencias educativas actuales. Para intentar enriquecer una clase podemos agregar una presentación, varios videos, una plataforma interactiva, códigos QR, documentos complementarios, una aplicación, una actividad en línea y quizá una herramienta de inteligencia artificial. Cada elemento puede tener una justificación pedagógica y, visto individualmente, parecer útil.
El problema aparece cuando suponemos que agregar recursos necesariamente mejora la experiencia de aprendizaje.
Más diapositivas, más lecturas, más enlaces, más videos, más plataformas y más actividades no producen automáticamente mayor comprensión. Incluso una práctica docente bien intencionada puede terminar incrementando la cantidad de información que el estudiante necesita administrar.
Desde la economía de la atención aparece entonces una pregunta pedagógica distinta: no solamente qué podemos agregar a nuestra clase, sino qué merece realmente ocupar la atención del estudiante.
En ocasiones, diseñar mejor puede significar quitar.
Captar la atención no es lo mismo que construir aprendizaje
Cuando pensamos en plataformas digitales aparece otra tentación: si TikTok, YouTube o los videojuegos consiguen mantener la atención de los jóvenes, quizá la escuela debería imitarlos.
La conclusión parece lógica, pero necesita matices.
Las plataformas digitales y la educación no necesariamente persiguen los mismos objetivos. Una experiencia puede conseguir que una persona permanezca mirando una pantalla durante mucho tiempo sin que eso implique comprensión profunda, elaboración conceptual o reflexión. De la misma manera, una actividad educativa puede requerir esfuerzo, pausas, silencio o incluso cierta incomodidad cognitiva antes de que aparezca el aprendizaje.
Por eso no conviene reducir el problema educativo a “hacer clases más entretenidas”.
La pregunta pedagógica es más compleja: ¿cómo construimos condiciones para que los estudiantes puedan orientar y sostener su atención sobre algo que necesita tiempo para ser comprendido?
Esto implica reconocer que la atención educativa no consiste únicamente en captar una mirada. También necesitamos favorecer procesos de selección, concentración, relación entre ideas, interpretación y construcción de significado.
La atención como problema de diseño pedagógico
La perspectiva de Simon permite desplazar parcialmente el problema desde el individuo hacia el entorno. Cuando un estudiante tiene dificultades para concentrarse podemos preguntarnos por su disposición, hábitos o decisiones personales, pero también podemos examinar cómo hemos diseñado la experiencia en la que esperamos que participe.
Por ejemplo, podemos observar cuántas instrucciones necesita procesar simultáneamente, cuántas plataformas debe consultar, qué información aparece como central y cuál como secundaria, cuánto tiempo tiene para realizar una tarea o si comprende realmente qué se espera de él. También podemos preguntarnos si los recursos visuales y tecnológicos que incorporamos ayudan a organizar la información o simplemente agregan nuevos estímulos.
Este desplazamiento no significa eliminar la responsabilidad individual ni afirmar que todo problema de atención sea responsabilidad de la escuela. Significa reconocer que la atención emerge de una relación entre personas, tareas, ambientes, tecnologías, expectativas y condiciones sociales.
Por eso puede convertirse también en un problema de diseño pedagógico.
¿Qué nos permite mirar Herbert Simon que quizá antes no veíamos?
Aquí se encuentra una de las razones más interesantes para leer teoría educativa, social o psicológica. Un concepto no resulta valioso solamente porque podamos repetir su definición, sino porque modifica las preguntas que somos capaces de formular frente a nuestra propia experiencia.
La economía de la atención permite cuestionar, por ejemplo, una asociación bastante arraigada: más información equivale a más aprendizaje. Entre ambos existen múltiples procesos. La información necesita ser seleccionada, atendida, relacionada con conocimientos previos, interpretada y transformada en algún tipo de comprensión.
También permite problematizar afirmaciones cotidianas como “los alumnos ya no ponen atención”. Esa frase puede expresar una experiencia docente real, pero explica muy poco por sí misma. Si introducimos la perspectiva de Simon podemos comenzar a preguntar qué está compitiendo por esa atención, cómo se distribuye, qué características tiene el entorno y qué lugar ocupa nuestra propuesta educativa dentro de él.
La teoría no nos entrega automáticamente una solución.
Nos permite ver un problema con mayor profundidad.
De Herbert Simon a las plataformas digitales
Es en este punto donde podemos construir un puente entre el pensamiento de Simon y fenómenos que aparecieron después de su formulación original. Las plataformas digitales contemporáneas no solamente contienen información; también participan activamente en la organización de su visibilidad. Recomiendan contenidos, envían notificaciones, jerarquizan publicaciones y construyen interfaces mediante las cuales determinadas cosas aparecen frente a nosotros mientras otras permanecen invisibles.
Para analizar estos fenómenos necesitamos autores e investigaciones posteriores. Simon no basta para explicar la arquitectura económica y tecnológica de las plataformas contemporáneas.
Sin embargo, proporciona una pieza conceptual fundamental: si la atención humana es limitada, entonces aquello que consigue orientarla, organizarla o retenerla adquiere un valor considerable.
Esta idea abre preguntas que exceden el funcionamiento de las redes sociales y llegan directamente a la educación. Si diferentes actores compiten constantemente por nuestra atención, ¿cómo aprendemos a decidir qué merece recibirla? ¿Cuánto de esa decisión nos pertenece realmente y cuánto está condicionado por los ambientes tecnológicos y culturales que habitamos?
¿Educar también significa aprender a decidir dónde ponemos atención?
Durante mucho tiempo hemos entendido la alfabetización principalmente como capacidad para leer y escribir. Con las transformaciones tecnológicas hemos incorporado conceptos como alfabetización digital, mediática e informacional para reconocer que acceder a información no garantiza saber interpretarla.
La economía de la atención permite añadir otra dimensión a esta discusión. Quizá también necesitamos aprender a reconocer que nuestra capacidad para atender es limitada y que continuamente estamos tomando —de manera consciente o no— decisiones sobre aquello a lo que dedicamos tiempo.
Esto no implica declarar una guerra contra las pantallas ni idealizar un pasado supuestamente libre de distracciones. Tampoco significa convertir la atención en una nueva responsabilidad individual mediante la cual culpemos a las personas por no administrar perfectamente sus recursos cognitivos.
Significa reconocer una condición humana sencilla pero profunda:
no podemos atenderlo todo.
Y precisamente porque no podemos hacerlo, decidir dónde colocamos nuestra atención tiene consecuencias sobre aquello que aprendemos, recordamos, pensamos y terminamos considerando importante.
¿Cuáles son los límites de la economía de la atención para comprender la educación?
Una teoría se vuelve problemática cuando intentamos utilizarla para explicarlo todo. La economía de la atención ofrece una perspectiva interesante para interpretar determinados fenómenos educativos, pero no constituye una explicación completa del aprendizaje ni de las dificultades que enfrentan estudiantes y docentes.
La experiencia educativa está atravesada simultáneamente por condiciones sociales, económicas, emocionales, culturales, familiares, pedagógicas e institucionales. Un estudiante puede tener dificultades para concentrarse por cansancio, hambre, ansiedad, falta de comprensión, problemas familiares, características particulares de una actividad o muchas otras circunstancias que no pueden reducirse a la saturación informativa.
También debemos reconocer que no todas las personas viven los ecosistemas digitales de la misma manera y que las condiciones de acceso continúan siendo profundamente desiguales. Hablar de abundancia informativa sin considerar estas diferencias puede producir otra simplificación.
Por eso Simon debe funcionar como una lente, no como el mapa completo.
Quizá esa sea también una manera más fértil de relacionarnos con los autores: no preguntar si tienen razón sobre todo, sino qué parte de la realidad conseguimos observar mejor cuando pensamos con ellos.
Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.
Preguntas para reflexionar sobre nuestra práctica
- ¿Cuánta de la información que presentamos en clase necesita realmente ser atendida?
- ¿Nuestros recursos ayudan a organizar la experiencia de aprendizaje o agregan nuevas capas de información?
- ¿Qué elementos de una actividad indican claramente al estudiante dónde debería colocar su atención?
- ¿Hasta qué punto interpretamos la distracción como un problema exclusivamente individual?
- ¿Qué actores, plataformas, relaciones y preocupaciones compiten actualmente por la atención de nuestros estudiantes?
- ¿Cómo podemos enseñar a seleccionar información sin convertir la educación en una batalla contra la tecnología?
- ¿Qué merece realmente la atención de nuestros estudiantes dentro de nuestras clases?
Reflexión final: quizá el problema nunca fue solamente prestar atención
Herbert Simon escribió sobre información, organizaciones y toma de decisiones mucho antes de que lleváramos en el bolsillo dispositivos capaces de conectarnos permanentemente con cantidades prácticamente inagotables de contenido. Por eso resulta tentador presentar su pensamiento diciendo que anticipó las redes sociales o que predijo la crisis contemporánea de atención.
No necesitamos llevar su argumento tan lejos.
Su aportación puede resultar más interesante si la dejamos planteada como un problema abierto: ¿qué sucede cuando nuestra capacidad para producir y distribuir información crece mucho más rápido que nuestra capacidad humana para procesarla?
Medio siglo después, esa tensión atraviesa las organizaciones, las plataformas digitales, nuestra vida cotidiana y también la escuela. Nos obliga a preguntarnos si una educación construida históricamente alrededor de la transmisión de información necesita repensar algunas de sus funciones cuando el acceso a información deja de ser el único problema.
Quizá enseñar en este contexto implique algo más que presentar contenidos. Puede significar ayudar a seleccionar, relacionar, interpretar y construir sentido frente a una abundancia que, paradójicamente, puede dificultar la comprensión.
Y esto deja abierta una pregunta todavía más amplia para la educación contemporánea:
en un mundo donde tantas cosas compiten por nuestra atención, ¿cómo aprendemos a reconocer aquello que realmente merece que nos detengamos a pensar?
