Gloria Mark y la atención en entornos digitales: interrupciones, multitarea y educación
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Trabajamos, estudiamos y aprendemos entre mensajes, pestañas, correos, plataformas y notificaciones. Las investigaciones de Gloria Mark permiten observar qué ocurre con nuestra atención cuando cambiar continuamente de actividad deja de ser una excepción y se convierte en parte habitual de nuestra vida digital.
¿Cuántas veces cambiamos de actividad sin darnos cuenta?
Imaginemos una situación que probablemente resulte familiar. Un docente se sienta frente a la computadora con la intención de terminar su planeación. Abre el documento y comienza a escribir. Poco después necesita consultar una información en internet. Al abrir el navegador observa que tiene otra pestaña pendiente, recuerda un correo que debía responder y decide hacerlo antes de olvidarlo. Mientras escribe la respuesta llega un mensaje al teléfono. Lo revisa, vuelve a la computadora y durante unos segundos intenta recordar exactamente qué estaba haciendo.
La planeación continúa abierta.
Nunca abandonó realmente el trabajo. Durante todo ese tiempo hizo cosas relacionadas con su actividad profesional: respondió un mensaje, buscó información, revisó un correo y consultó otro documento. Incluso podría terminar el día con la sensación de haber estado ocupado permanentemente.
Pero su atención recorrió diferentes actividades.
Esta forma de trabajar se ha vuelto tan cotidiana que muchas veces dejamos de percibirla. Podemos pasar de una tarea a otra, regresar a la anterior, abrir otra aplicación y revisar un mensaje casi automáticamente.
Gloria Mark lleva décadas estudiando precisamente este tipo de experiencias.
Su pregunta no consiste únicamente en saber si las tecnologías “nos distraen”. Su investigación permite plantear un problema más preciso:
¿qué ocurre con nuestra atención cuando trabajamos y vivimos en entornos donde cambiar continuamente de actividad se vuelve habitual?
¿Quién es Gloria Mark y qué estudia?
Gloria Mark es investigadora en el campo de la interacción humano-computadora (Human-Computer Interaction o HCI) y ha desarrollado buena parte de su trayectoria académica en la Universidad de California, Irvine. Su trabajo se ha concentrado en estudiar cómo las personas utilizan tecnologías digitales en situaciones cotidianas y qué relación existe entre esos usos, la atención, la multitarea, las interrupciones, el estado de ánimo y el estrés.
Una característica particularmente interesante de su investigación es metodológica. En lugar de estudiar exclusivamente a personas realizando tareas artificiales dentro de un laboratorio, Mark ha trabajado durante años observando el comportamiento digital en ambientes reales. Computadoras y teléfonos pueden registrar cambios entre aplicaciones, ventanas o actividades, mientras otras mediciones y reportes permiten relacionar esos comportamientos con estados de concentración, estrés o bienestar.
Esto importa porque su trabajo no parte solamente de lo que las personas creen hacer con la tecnología.
Intenta observar qué hacen realmente cuando trabajan con ella.
A partir de estas investigaciones aparece una imagen bastante diferente de la idea tradicional de una persona sentada frente a una computadora realizando una tarea de principio a fin. El trabajo digital cotidiano suele estar compuesto por múltiples cambios, interrupciones, retornos y transiciones entre actividades.
¿Qué es la atención fragmentada en entornos digitales?
Aunque la expresión “atención fragmentada” puede utilizarse de distintas maneras, resulta útil para comprender el fenómeno que estudia Mark.
La atención fragmentada ocurre cuando nuestra actividad se distribuye entre múltiples tareas, pantallas o fuentes de información y debemos cambiar repetidamente el foco de una a otra. Cada cambio puede exigir abandonar temporalmente un contexto mental y reconstruir posteriormente aquello que estábamos haciendo.
La palabra importante aquí es cambio.
El problema no consiste solamente en que aparezca algo que nos distraiga. En los entornos digitales podemos estar trabajando todo el tiempo y, aun así, cambiar constantemente de objeto de atención.
Respondemos un correo.
Regresamos al documento.
Consultamos una página.
Abrimos un mensaje.
Volvemos al documento.
Revisamos otra pestaña.
Desde fuera puede parecer una única sesión de trabajo.
Cognitivamente, sin embargo, estamos realizando múltiples transiciones.
¿Nuestra atención frente a las pantallas realmente dura 47 segundos?
Uno de los datos más conocidos asociados con Gloria Mark afirma que nuestra atención dura actualmente alrededor de 47 segundos.
La frase es llamativa, pero necesita una precisión importante.
El dato no significa que el cerebro humano contemporáneo sea incapaz de concentrarse durante más de 47 segundos. Tampoco significa que cualquier estudiante pierda inevitablemente la atención después de ese tiempo.
Lo que las investigaciones de Mark han medido es cuánto tiempo permanecen las personas, en promedio, atendiendo una pantalla antes de cambiar hacia otra actividad o pantalla dentro de determinados contextos de uso digital.
Sus primeras mediciones, realizadas a comienzos de los años 2000, encontraron tiempos promedio de alrededor de dos minutos y medio. En investigaciones posteriores, ese promedio descendió hasta situarse alrededor de los 47 segundos.
La diferencia conceptual es fundamental.
No estamos midiendo el límite biológico de la atención humana.
Estamos observando un patrón de comportamiento dentro de determinados ambientes digitales.
Y eso abre una pregunta educativa mucho más interesante que repetir simplemente que “ya nadie puede concentrarse”.
¿Qué características de nuestros entornos cotidianos están favoreciendo tantos cambios de atención?
Interrumpirnos no siempre requiere una notificación
Cuando hablamos de distracción digital solemos imaginar un teléfono vibrando.
Estamos trabajando.
Llega una notificación.
La revisamos.
Perdemos la concentración.
Ese tipo de interrupción existe, pero representa solamente una parte del problema que ha estudiado Mark.
Muchas veces nos interrumpimos nosotros mismos.
Estamos escribiendo y de pronto pensamos:
“Voy a revisar rápidamente el correo”.
Nadie nos avisó que había un mensaje.
Abrimos la aplicación porque recordamos algo, sentimos curiosidad, experimentamos aburrimiento o simplemente hemos desarrollado el hábito de comprobar si existe alguna novedad.
Las investigaciones de Mark han mostrado que una proporción importante de las interrupciones en el trabajo digital son precisamente auto-interrupciones. Esto obliga a superar una explicación demasiado sencilla en la que la tecnología sería un agente externo que constantemente rompe nuestra concentración.
Con el tiempo también desarrollamos hábitos de cambio.
Aprendemos a revisar.
Anticipamos mensajes.
Buscamos novedades.
Pasamos de una actividad a otra incluso cuando ningún dispositivo nos lo solicita explícitamente.
La relación entre tecnología y atención es, por tanto, más compleja que una simple batalla entre nuestra voluntad y las notificaciones.
Cambiar de tarea tiene un costo
Podríamos pensar que cambiar continuamente entre actividades no representa un problema si conseguimos regresar rápidamente a aquello que estábamos haciendo.
Pero volver físicamente a una tarea no significa necesariamente haber recuperado inmediatamente el mismo estado cognitivo.
Imaginemos que estamos escribiendo un párrafo relativamente complejo. Tenemos una idea en mente, estamos intentando relacionarla con el párrafo anterior y sabemos aproximadamente hacia dónde queremos llevar el argumento.
En ese momento respondemos un mensaje.
Cuando regresamos, el texto continúa exactamente donde lo dejamos.
Nuestra mente, no necesariamente.
Tenemos que reconstruir el contexto: ¿qué estaba intentando decir?, ¿cómo se relacionaba esta frase con la anterior?, ¿cuál era la siguiente idea?
La interfaz conserva el documento.
Nosotros necesitamos recuperar el hilo.
Esta necesidad de reorientación ayuda a comprender por qué una jornada compuesta por pequeños cambios puede resultar mentalmente demandante incluso cuando cada interrupción parece insignificante.
Después de una interrupción no siempre trabajamos más lento
Aquí las investigaciones de Gloria Mark ofrecen un resultado especialmente interesante porque contradice una intuición sencilla.
Podríamos asumir que una persona interrumpida necesariamente tarda más en terminar su trabajo. Sin embargo, en un estudio experimental realizado por Mark junto con Daniela Gudith y Ulrich Klocke, los participantes sometidos a interrupciones consiguieron completar determinadas tareas más rápidamente sin mostrar una diferencia significativa en la calidad.
A primera vista podría parecer una buena noticia.
Las interrupciones no serían tan problemáticas porque simplemente aprendemos a compensarlas.
Pero apareció otro resultado.
Las personas interrumpidas trabajaron más rápido a costa de experimentar mayor estrés, frustración, presión temporal, esfuerzo y carga de trabajo.
Esto modifica la manera de interpretar el fenómeno.
Una persona puede seguir siendo productiva dentro de un ambiente fragmentado y, sin embargo, pagar un costo psicológico por conseguirlo.
Por eso observar únicamente el resultado final —“terminó el trabajo”— puede ocultar una parte importante de la experiencia.
Estar ocupado no significa estar concentrado
Esta distinción resulta especialmente pertinente para la vida docente.
Podemos pasar varias horas frente a la computadora atendiendo asuntos escolares y terminar agotados sin haber conseguido avanzar significativamente en aquello que considerábamos más importante.
Durante ese tiempo probablemente trabajamos.
Respondimos mensajes de familias.
Consultamos documentos.
Revisamos tareas.
Contestamos correos.
Entramos a una plataforma.
Buscamos un recurso.
Corregimos un archivo.
El problema no es que estas actividades carezcan de valor. Muchas son necesarias.
La cuestión es que cada una puede pertenecer a un contexto mental diferente.
La experiencia subjetiva termina siendo paradójica: estuvimos ocupados durante horas, pero sentimos que nunca conseguimos detenernos realmente en nada.
Las investigaciones sobre atención digital permiten comprender que productividad, actividad y concentración no son sinónimos.
¿Qué significa “multitarea” en este contexto?
La palabra multitarea puede producir una imagen engañosa: una persona procesando varias actividades cognitivamente demandantes exactamente al mismo tiempo.
En muchas situaciones digitales lo que ocurre se parece más a una sucesión rápida de cambios.
Escribimos.
Revisamos.
Respondemos.
Volvemos.
Consultamos.
Regresamos.
Nuestra experiencia puede sentirse simultánea porque las transiciones son muy rápidas, pero nuestra atención necesita reorganizarse entre diferentes objetivos.
Esto no significa que cualquier combinación de actividades sea imposible. Podemos caminar mientras conversamos o realizar determinadas acciones automatizadas mientras pensamos en otra cosa. El problema aparece cuando varias tareas demandan recursos cognitivos que necesitan ser reorganizados continuamente.
Por eso quizá sea más útil hablar de cambio de tareas que imaginar una capacidad ilimitada para realizar múltiples trabajos complejos al mismo tiempo.
La atención también tiene ritmos
Otro aspecto importante del trabajo de Mark cuestiona una expectativa bastante instalada en nuestra cultura de productividad: la idea de que deberíamos ser capaces de mantener concentración intensa durante toda la jornada.
No funcionamos así.
Nuestra atención fluctúa.
Existen momentos de mayor concentración y otros en los que necesitamos realizar actividades menos demandantes. El cansancio, la hora del día, el tipo de tarea, nuestro estado emocional y múltiples condiciones del ambiente participan en estas variaciones.
En sus investigaciones sobre trabajo digital, Mark ha estudiado precisamente estos ritmos de atención y ha distinguido estados relacionados con concentración, aburrimiento y actividades rutinarias.
Esto permite cuestionar una idea que también aparece frecuentemente en educación:
si alguien deja de concentrarse, algo está fallando.
No necesariamente.
La atención sostenida consume recursos y necesitamos recuperarlos. El problema quizá no sea que nuestra atención fluctúe, sino que los ambientes digitales pueden llenar inmediatamente cualquier momento de transición con nuevos estímulos.
Antes de comenzar la siguiente actividad revisamos el teléfono.
Durante una pausa abrimos una red social.
Mientras esperamos una respuesta consultamos otra pestaña.
El descanso puede terminar convertido en otra secuencia de demandas atencionales.
De la oficina digital al aula
Aquí necesitamos hacer una distinción importante.
Buena parte de las investigaciones de Gloria Mark se ha realizado con trabajadores de la información y usuarios de tecnologías digitales. No sería correcto trasladar automáticamente todos sus resultados a niños, adolescentes o contextos escolares como si fueran poblaciones equivalentes.
Sin embargo, sus investigaciones permiten formular preguntas relevantes para la educación porque las aulas también están incorporando progresivamente ambientes digitales caracterizados por múltiples aplicaciones, pestañas, mensajes y plataformas.
Pensemos en un estudiante realizando una investigación escolar.
Tiene abierto el documento donde escribe.
Otra pestaña contiene las instrucciones.
Otra tiene el buscador.
Otra, un artículo.
Otra, un video.
También necesita consultar la plataforma escolar y quizá comunicarse con sus compañeros.
En algún momento llega una notificación.
Después recuerda otra búsqueda que quería realizar.
La actividad educativa puede exigir legítimamente navegar entre distintas fuentes. El problema es que no todo cambio de atención tiene la misma función pedagógica.
Algunos cambios forman parte de investigar.
Otros fragmentan innecesariamente la experiencia.
Aprender a distinguirlos puede ser más útil que intentar eliminar cualquier cambio.
¿La escuela también está construyendo ambientes fragmentados?
La investigación de Mark también permite dirigir la mirada hacia nuestras propias decisiones educativas.
Durante los últimos años hemos incorporado numerosas herramientas digitales con la intención de ampliar las posibilidades de enseñanza. Podemos utilizar plataformas educativas, documentos colaborativos, videos, cuestionarios interactivos, presentaciones, aplicaciones, inteligencia artificial y espacios de comunicación.
Cada herramienta puede resolver un problema.
Pero la suma de soluciones también puede crear otro.
Un estudiante puede necesitar consultar instrucciones en una plataforma, entregar el trabajo en otra, comunicarse mediante una tercera, revisar un documento compartido y utilizar varias aplicaciones para completar una misma actividad.
Entonces quizá debamos incorporar una pregunta adicional al diseño pedagógico:
¿cuántos cambios de contexto necesita realizar el estudiante para aprender aquello que queremos que aprenda?
No se trata de reducir toda experiencia a una única pantalla.
Se trata de reconocer que cambiar constantemente de herramienta también forma parte de la carga que diseñamos.
No toda interrupción es necesariamente negativa
Sería fácil convertir las investigaciones sobre atención fragmentada en un argumento a favor de eliminar cualquier interrupción.
Pero la vida humana no funciona así.
Una interrupción puede traer información importante. Una conversación inesperada puede producir una idea. Un compañero puede hacer una pregunta que modifique nuestra comprensión. Cambiar temporalmente de actividad puede incluso ayudarnos cuando estamos agotados o bloqueados.
El problema no es construir una vida completamente libre de interrupciones.
Probablemente sería imposible y quizá tampoco deseable.
La cuestión consiste en comprender qué interrupciones enriquecen una actividad, cuáles la fragmentan innecesariamente y qué capacidad tenemos para recuperar el contexto después de ellas.
En educación esta diferencia resulta fundamental. Una pregunta espontánea durante una explicación también es una interrupción, pero puede abrir una discusión valiosa. Una notificación irrelevante durante una lectura produce otro tipo de ruptura.
No necesitamos tratar ambas situaciones como si fueran equivalentes.
Concentrarse no debería convertirse en una obsesión
Una de las ideas que Gloria Mark desarrolla en Attention Span resulta especialmente útil para evitar otro reduccionismo: no deberíamos aspirar a permanecer permanentemente concentrados.
La atención necesita variación y recuperación.
Esto contradice parte del discurso contemporáneo sobre productividad, donde la concentración profunda puede presentarse como un estado ideal que deberíamos mantener durante el mayor tiempo posible.
Nuestra capacidad cognitiva tiene límites.
Después de períodos de trabajo exigente necesitamos disminuir la intensidad, cambiar de actividad o descansar. Algunas actividades aparentemente poco productivas pueden contribuir precisamente a esa recuperación.
Esta idea también resulta pertinente para el aula.
No podemos diseñar cada minuto esperando el máximo nivel de concentración de todos los estudiantes.
Una pedagogía de la atención necesita reconocer ritmos.
Momentos para escuchar.
Momentos para producir.
Momentos para conversar.
Momentos para explorar.
Y también momentos para recuperar recursos.
¿Qué nos permite mirar Gloria Mark que quizá antes no veíamos?
Los trabajos de Herbert Simon, James Williams y Yves Citton nos permitieron construir diferentes preguntas sobre la atención. Simon mostró la tensión entre abundancia de información y escasez de atención. Williams permitió pensar qué significa conservar libertad para dirigirla. Citton amplió la mirada hacia los ambientes y relaciones que producen determinadas ecologías atencionales.
Gloria Mark aporta algo diferente.
Nos permite observar cómo se comporta concretamente nuestra atención dentro de los ambientes digitales cotidianos.
Cuánto cambiamos.
Cómo nos interrumpimos.
Qué ocurre cuando regresamos.
Cómo compensamos.
Qué relación puede existir entre fragmentación y estrés.
Su trabajo resulta especialmente valioso porque evita que la conversación sobre atención digital permanezca únicamente en el terreno de la intuición. Podemos sentir que “todo nos distrae”, pero investigar el fenómeno exige observar qué hacemos realmente.
Y cuando lo hacemos aparece una imagen más compleja.
No somos simplemente víctimas pasivas de notificaciones.
También nos interrumpimos.
No siempre dejamos de producir cuando somos interrumpidos.
A veces producimos más rápido, pero bajo mayor presión.
No necesitamos concentración absoluta durante toda la jornada.
Necesitamos ritmos que permitan utilizar y recuperar nuestros recursos atencionales.
La pregunta educativa deja entonces de ser únicamente cómo conseguir que alguien permanezca concentrado.
También necesitamos preguntarnos cómo estamos organizando los cambios de atención que forman parte de su experiencia de aprendizaje.
¿Qué significa esto para la práctica docente?
Las investigaciones de Mark no constituyen un método pedagógico ni ofrecen una receta universal para organizar una clase. Su trabajo puede funcionar mejor como una lente desde la cual revisar algunas decisiones.
Podemos observar cuántas plataformas necesita utilizar un estudiante durante una actividad, cuántas veces le pedimos cambiar de formato, cuánto tiempo real tiene para profundizar antes de solicitarle otra cosa y qué interrupciones forman parte inevitable de la dinámica del aula.
También podemos mirar nuestra propia experiencia profesional.
¿Cuántas veces intentamos planear mientras respondemos mensajes?
¿Cuántas tareas administrativas compiten simultáneamente por nuestra atención?
¿Cuánto de nuestro cansancio al final del día proviene no solamente de cuánto trabajamos, sino de cuántas veces tuvimos que cambiar mentalmente de contexto?
Esta última pregunta es importante porque el problema de la atención en educación no pertenece solamente a los estudiantes.
Los docentes también habitamos entornos fragmentados.
Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.
Preguntas para reflexionar sobre nuestra práctica
- ¿Cuántas veces necesitan cambiar de aplicación, plataforma o actividad nuestros estudiantes durante una clase?
- ¿Todos esos cambios son necesarios para el aprendizaje?
- ¿Qué interrupciones enriquecen una experiencia educativa y cuáles solamente la fragmentan?
- ¿Estamos confundiendo estar constantemente ocupados con estar aprendiendo?
- ¿Diseñamos momentos suficientemente largos para profundizar en una tarea?
- ¿Qué espacios de recuperación existen después de actividades cognitivamente exigentes?
- ¿Cómo afecta la fragmentación digital a nuestro propio trabajo docente?
- ¿Qué cambiaría si pensáramos la atención no como concentración permanente, sino como un recurso que necesita ritmos de uso y recuperación?
Reflexión final: quizá no necesitamos eliminar todas las distracciones
Resulta tentador observar nuestros entornos digitales y concluir que el problema es sencillo: necesitamos concentrarnos más.
Las investigaciones de Gloria Mark muestran una realidad considerablemente más compleja.
Nuestra atención cambia por estímulos externos, pero también porque nosotros mismos aprendemos a interrumpirnos. Podemos compensar algunas interrupciones trabajando más rápido, pero esa compensación puede aumentar la presión y el estrés. Podemos necesitar períodos de concentración, pero tampoco somos capaces de mantener indefinidamente el mismo nivel de exigencia cognitiva.
Esto modifica la pregunta educativa.
Quizá el objetivo no sea construir aulas donde nadie cambie jamás de foco ni estudiantes capaces de concentrarse ininterrumpidamente durante horas. Una aspiración así probablemente desconocería cómo funciona nuestra atención y convertiría cualquier fluctuación en un problema individual.
La pregunta puede ser más cuidadosa.
¿Qué ambientes permiten profundizar cuando necesitamos profundizar, cambiar cuando el cambio tiene sentido y recuperar nuestros recursos cuando comenzamos a agotarlos?
En una cultura donde trabajar, estudiar y comunicarnos ocurre cada vez más a través de los mismos dispositivos, aprender a prestar atención quizá también implique aprender a reconocer nuestros propios cambios de atención.
No para eliminarlos completamente.
Sino para comprender cuándo estamos decidiendo cambiar y cuándo simplemente hemos aprendido a vivir saltando de una cosa a otra.
