La vida frente a las pantallas: qué implica para la escuela educar en una cultura digital

Las pantallas ya forman parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes. El desafío educativo no consiste solamente en limitar su uso, sino en comprender cómo están transformando el aprendizaje, la convivencia y la manera de habitar el mundo.

Durante la Fase Intensiva del Consejo Técnico Escolar 2026-2027, la Secretaría de Educación Pública incorporó a sus materiales el documento La vida frente a las pantallas. Reflexiones para las comunidades educativas.

El texto recupera algunas de las discusiones desarrolladas durante el Foro Nacional “Más allá de las pantallas: Impacto de las Tecnologías en la Educación y la Salud Mental”, realizado en marzo de 2026.

Aunque el tema puede parecer familiar —celulares, redes sociales, inteligencia artificial, tiempo frente a pantallas—, el documento propone una conversación más compleja.

La pregunta no es solamente:

¿cuánto tiempo pasan nuestros estudiantes frente a una pantalla?

También necesitamos preguntarnos:

¿qué están haciendo allí?, ¿qué están aprendiendo?, ¿cómo están construyendo relaciones?, ¿qué riesgos enfrentan?, ¿qué capacidades necesitan desarrollar y qué papel puede desempeñar la escuela ante una cultura digital que ya forma parte de su vida cotidiana?

El problema no son solamente las pantallas

Una de las ideas centrales del documento es que las tecnologías digitales ya forman parte de la experiencia cotidiana de niñas, niños y adolescentes.

Por eso la discusión educativa no puede reducirse a una oposición sencilla entre:

tecnología buena vs. tecnología mala.

Las y los especialistas participantes en el Foro plantearon que el reto consiste en comprender las implicaciones educativas y humanas de vivir en una cultura digital en transformación permanente.

Aquí existe un puente muy claro con una reflexión que hemos desarrollado en Chisme Pedagógico:

Las nuevas generaciones no son el problema: están creciendo en mundos distintos.

Los estudiantes actuales no solamente utilizan dispositivos diferentes.

También han crecido en espacios distintos para:

  • relacionarse;
  • construir identidad;
  • buscar reconocimiento;
  • acceder a información;
  • participar en comunidades;
  • entretenerse;
  • aprender;
  • y experimentar el mundo.

Las redes sociales, plataformas digitales, videojuegos y comunidades en línea forman parte de esos nuevos espacios de socialización.

Por eso quizá la pregunta educativa no debería ser únicamente:

“¿Qué les están haciendo las pantallas?”

También:

“¿Qué tipo de mundo están aprendiendo a habitar a través de ellas?”

¿Qué riesgos identifica el documento?

El material recupera diferentes riesgos asociados al uso excesivo o inadecuado de tecnologías digitales.

Entre ellos menciona posibles afectaciones relacionadas con:

  • salud mental;
  • desarrollo socioemocional;
  • atención;
  • sueño;
  • convivencia;
  • aprendizaje;
  • ciberacoso;
  • exposición a contenidos nocivos;
  • desinformación;
  • manipulación algorítmica;
  • y uso irreflexivo de inteligencia artificial.

Estos riesgos merecen atención.

Pero el mismo documento evita presentar la tecnología exclusivamente como amenaza.

También reconoce que las herramientas digitales pueden ampliar oportunidades educativas cuando se utilizan con propósitos pedagógicos claros, orientación y acompañamiento.

Esta tensión es importante:

las mismas tecnologías pueden ampliar posibilidades y producir nuevos problemas.

La cuestión educativa aparece precisamente en cómo aprendemos a habitar esa contradicción.

El tiempo de pantalla no explica todo

Cuando hablamos de bienestar digital, una de las primeras preocupaciones suele ser cuánto tiempo pasan niñas, niños y adolescentes utilizando dispositivos.

Es una pregunta legítima.

Pero no explica por sí sola la experiencia digital.

Dos estudiantes pueden pasar el mismo número de horas frente a una pantalla y estar viviendo experiencias completamente distintas.

Uno puede estar:

creando música,

conversando con amigos,

investigando,

jugando,

haciendo una tarea,

viendo videos,

participando en una comunidad,

o desplazándose durante horas entre contenidos recomendados algorítmicamente.

Por eso una conversación educativa más rica necesita observar también:

qué hacen, con quién, para qué, en qué plataformas, bajo qué condiciones y qué ocurre después de esas experiencias.

Esta mirada nos permite evitar respuestas exclusivamente cuantitativas frente a fenómenos profundamente culturales.

Las plataformas también educan

Hay otra dimensión que merece incorporarse a la conversación.

Cuando un adolescente utiliza TikTok, YouTube, Instagram, un videojuego o una herramienta de inteligencia artificial, no interactúa solamente con contenidos.

También interactúa con arquitecturas digitales diseñadas para organizar su experiencia.

Los algoritmos deciden qué mostrar.

Las interfaces orientan qué mirar.

Las métricas indican qué recibe reconocimiento.

Las notificaciones compiten por atención.

Las recomendaciones construyen recorridos de consumo.

Eso significa que una parte importante de la experiencia cultural contemporánea está mediada por plataformas.

Y estas plataformas participan, directa o indirectamente, en procesos de:

socialización, identidad, consumo, reconocimiento, información y aprendizaje.

Aquí el documento de la SEP abre una puerta especialmente importante cuando menciona la manipulación algorítmica como uno de los riesgos que necesitan comprenderse.

No basta entonces con enseñar a “usar correctamente el celular”.

Necesitamos ayudar a comprender cómo funcionan los entornos que habitamos a través de él.

Pensamiento crítico y ciudadanía digital

El documento coloca uno de los mayores retos de la educación en la formación de estudiantes capaces de comprender críticamente los entornos digitales.

Esto incluye desarrollar capacidades para:

  • analizar información;
  • identificar desinformación;
  • proteger la privacidad;
  • utilizar éticamente la inteligencia artificial;
  • relacionarse respetuosamente;
  • tomar decisiones informadas;
  • aprender y colaborar mediante herramientas digitales;
  • y participar responsablemente en espacios digitales.

Podemos entender esta idea como ciudadanía digital.

¿Qué es la ciudadanía digital?

La ciudadanía digital implica participar en entornos digitales de manera crítica, ética, responsable y consciente, comprendiendo tanto las posibilidades de la tecnología como los riesgos, intereses y estructuras que intervienen en su funcionamiento.

Esto supone algo más amplio que enseñar seguridad en internet.

También implica preguntar:

¿Quién produce la información que consumimos?

¿Por qué cierto contenido aparece frente a nosotros?

¿Cómo sabemos si algo es verdadero?

¿Qué información entregamos a una plataforma?

¿Cómo funciona un algoritmo?

¿Qué implicaciones tiene utilizar IA para producir una tarea?

¿Cómo nos relacionamos con otras personas cuando existe una pantalla de por medio?

Estas preguntas pertenecen ya al terreno educativo.

Inteligencia artificial: usar no significa comprender

El documento incluye expresamente la inteligencia artificial dentro de las transformaciones que necesitan discutirse en las comunidades educativas.

Y aquí existe un riesgo importante.

Una escuela puede incorporar herramientas de IA rápidamente sin que estudiantes o docentes comprendan:

  • cómo producen respuestas;
  • qué limitaciones tienen;
  • qué datos utilizan;
  • por qué pueden equivocarse;
  • qué sesgos pueden reproducir;
  • cuándo es pertinente utilizarlas;
  • y qué responsabilidades tenemos al hacerlo.

Entonces alfabetización digital ya no significa solamente saber operar dispositivos.

También necesita incorporar una alfabetización crítica sobre sistemas algorítmicos e inteligencia artificial.

El desafío no consiste en elegir entre:

“permitir IA” o “prohibir IA”.

La pregunta pedagógica es:

¿qué necesita comprender un estudiante para utilizarla sin delegarle su propio pensamiento?

¿Prohibir celulares en la escuela?

Esta probablemente será una de las discusiones más visibles alrededor del documento.

Y aquí conviene ser muy precisos.

El texto no sostiene que nunca deban existir restricciones.

Lo que plantea es que las medidas de regulación deberían sustentarse en evidencia, considerar el contexto escolar, el nivel educativo y las necesidades de cada comunidad, y evitar depender únicamente de prohibiciones generales.

Eso abre una conversación más interesante que el simple:

“celular sí / celular no”.

Una escuela puede necesitar establecer momentos sin dispositivos.

Otra puede restringir determinadas prácticas.

Una comunidad puede acordar reglas específicas.

Pero una regulación educativa debería preguntarse además:

¿qué capacidad queremos desarrollar?

Porque retirar temporalmente un dispositivo puede resolver determinadas situaciones.

Pero por sí solo no enseña:

autorregulación,

criterio,

ciudadanía digital,

privacidad,

pensamiento crítico,

ni convivencia digital.

De la regulación externa a la autorregulación

El documento plantea precisamente que la regulación debería contribuir a desarrollar la autorregulación.

Esta idea cambia bastante la perspectiva.

La escuela puede establecer límites.

Las familias también.

El Estado puede regular.

Las plataformas deberían asumir responsabilidades.

Pero el horizonte educativo es que niñas, niños y adolescentes desarrollen progresivamente capacidades para tomar decisiones sobre sus propios hábitos digitales.

Preguntarse:

¿por qué estoy utilizando este dispositivo?

¿Cuánto tiempo llevo aquí?

¿qué estoy dejando de hacer?

¿cómo me hace sentir?

¿por qué sigo viendo este contenido?

¿qué información estoy compartiendo?

¿puedo confiar en esto?

¿estoy utilizando esta herramienta para aprender o para evitar pensar?

Estas preguntas forman parte de una educación para la autonomía.

La responsabilidad no puede recaer solamente en los estudiantes

Esta parte del documento me parece especialmente importante.

El bienestar digital aparece como una responsabilidad compartida.

Participan:

familias, acompañando y construyendo hábitos;

escuela, educando y generando reflexión;

autoridades, construyendo orientaciones y políticas;

empresas y plataformas, asumiendo responsabilidades respecto de la protección de niñas, niños y adolescentes.

Este enfoque evita una simplificación frecuente:

“Los jóvenes tienen que aprender a usar mejor el celular.”

Sí.

Pero ellos habitan sistemas que también fueron diseñados por adultos, empresas, mercados y estructuras tecnológicas.

La responsabilidad no puede individualizarse completamente.

Aquí aparece otra conexión natural con Chisme Pedagógico: comprender las nuevas generaciones significa comprender también las estructuras culturales y tecnológicas que organizan parte de su experiencia.

¿Y qué significa todo esto para quienes enseñamos?

Hasta aquí podemos analizar el fenómeno desde la cultura digital.

Pero existe otra pregunta.

¿Qué ocurre con el docente?

Porque muchos maestros aprendimos a estudiar, socializar, entretenernos y buscar información en un mundo diferente al que hoy habitan nuestros estudiantes.

Esto no significa que los docentes sean “analógicos” y los alumnos “digitales”.

Esa oposición sería demasiado simplista.

Significa que nuestras trayectorias culturales no son idénticas.

Y eso puede generar desconexiones.

Expresiones como:

“ya no ponen atención”,

“todo lo quieren rápido”,

“no pueden dejar el celular”,

pueden describir preocupaciones reales.

Pero también pueden mostrar que estamos intentando interpretar nuevas prácticas culturales utilizando categorías construidas en otro contexto.

Precisamente por eso desarrollamos en Maestros con Maestría el especial ¿Cómo enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?.

Allí la pregunta cambia de los estudiantes hacia la profesión:

¿qué significa ser docente cuando nuestros estudiantes crecieron en un contexto diferente al nuestro?

Comprender a los estudiantes también transforma al docente

Las tecnologías no solamente están cambiando a los estudiantes.

También están modificando:

  • qué significa saber;
  • dónde encontramos información;
  • cómo producimos conocimiento;
  • qué entendemos por autoría;
  • cómo se construye atención;
  • cómo circula la información;
  • cómo se establece autoridad;
  • y qué relación existe entre escuela y cultura.

Por eso enseñar en la cultura digital no puede consistir únicamente en añadir tecnología a las mismas prácticas pedagógicas.

También requiere revisar nuestras propias certezas.

¿Qué significa una tarea cuando una IA puede resolverla en segundos?

¿Qué significa memorizar cuando existe acceso permanente a información?

¿Qué significa evaluar un producto cuando no sabemos completamente cómo fue producido?

¿Qué significa captar la atención en ambientes construidos alrededor de estímulos constantes?

¿Qué significa enseñar a investigar cuando un algoritmo ya está decidiendo qué información aparece primero?

Estas no son solamente preguntas tecnológicas.

Son preguntas pedagógicas.

Bienestar digital no significa vivir menos, sino vivir mejor con la tecnología

El documento concluye proponiendo avanzar hacia una cultura de bienestar digital.

Esto supone buscar equilibrio entre vida conectada y vida cotidiana, fortalecer relaciones familiares y escolares y ampliar experiencias culturales, deportivas y comunitarias.

¿Qué es el bienestar digital?

El bienestar digital es la capacidad individual y colectiva de relacionarnos con las tecnologías de manera que contribuyan al aprendizaje, la convivencia, la autonomía y el desarrollo integral, sin desplazar otras dimensiones fundamentales de la experiencia humana.

No se trata de imaginar una vida sin tecnología.

Tampoco de aceptar cualquier transformación tecnológica como inevitable.

Se trata de construir criterios para decidir:

cuándo, cómo, para qué y bajo qué condiciones queremos utilizarla.

Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.

Algunas preguntas que el CTE podría discutir

Este documento puede convertirse en una excelente oportunidad para llevar una discusión concreta al Consejo Técnico Escolar.

Más que preguntar genéricamente si los dispositivos son buenos o malos, podríamos analizar:

  • ¿Qué usos de los dispositivos observamos realmente entre nuestros estudiantes?
  • ¿Qué beneficios identificamos?
  • ¿Qué dificultades están apareciendo?
  • ¿En qué momentos el dispositivo contribuye al aprendizaje y cuándo lo dificulta?
  • ¿Qué cambios observamos en convivencia, atención o socialización?
  • ¿Qué sabemos y qué estamos suponiendo?
  • ¿Qué opinan nuestros propios estudiantes?
  • ¿Qué acuerdos existen actualmente en las familias?
  • ¿Qué responsabilidades corresponden a la escuela y cuáles no?
  • ¿Qué capacidades digitales necesitamos formar?
  • ¿Qué necesitamos aprender nosotros como docentes?

Esta conversación encaja perfectamente con la propuesta del propio documento: las experiencias de maestras y maestros deben formar parte de la comprensión de cómo las tecnologías están transformando la vida escolar.

Más allá del debate sobre las pantallas

Quizá una de las mayores dificultades de esta discusión es que la palabra pantalla concentra demasiadas cosas.

Detrás de una pantalla encontramos:

relaciones,

algoritmos,

mercados,

identidades,

comunidades,

conocimiento,

entretenimiento,

violencia,

creatividad,

aprendizaje,

publicidad,

amistades,

inteligencia artificial.

Por eso no existe una única respuesta educativa frente a “las pantallas”.

Lo que necesitamos es desarrollar mejores preguntas.

Y quizá la principal sea:

¿qué significa educar cuando una parte importante de la experiencia de nuestros estudiantes ocurre también dentro de entornos digitales?

Responderla requiere evitar dos extremos.

Ni pensar que la tecnología resolverá automáticamente los problemas educativos.

Ni imaginar que desaparecerá si la prohibimos.

Las nuevas generaciones ya están creciendo dentro de esta cultura.

El desafío de la escuela es ayudarlas a comprenderla, habitarla críticamente y conservar la capacidad de decidir dentro de ella.

Y ese desafío también nos obliga a quienes enseñamos a continuar aprendiendo.

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