La importancia de mi opinión: actividad para trabajar participación, acuerdos y toma de decisiones en primaria
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Tener una opinión no significa que siempre se hará lo que queremos. Aprender a participar implica expresar lo que pensamos, escuchar otras perspectivas, argumentar, negociar y construir acuerdos que hagan posible la convivencia.
Actualizado 10/09/26
¿Por qué es importante que niñas y niños aprendan a expresar su opinión?
“Yo quiero esto”.
“Eso no me gusta”.
“Yo pienso diferente”.
“¿Por qué tenemos que hacerlo así?”
Estas expresiones pueden incomodarnos cuando aparecen en el aula.
Especialmente cuando estamos intentando:
organizar al grupo;
terminar una actividad;
mantener cierto orden;
o tomar rápidamente una decisión.
Pero detrás de muchas de ellas existe algo importante:
una persona intentando participar en la vida de su comunidad.
Aprender a expresar una opinión forma parte de la construcción progresiva de la autonomía.
Sin embargo, participar no significa simplemente decir lo que queremos.
También implica aprender que existen:
otras personas;
otras necesidades;
otras perspectivas;
límites;
reglas;
responsabilidades;
y decisiones colectivas.
La Ficha 27. La importancia de mi opinión, incluida en el Fichero de actividades didácticas para promover la cultura de paz en y desde nuestra escuela de la Secretaría de Educación Pública, utiliza distintas situaciones para trabajar precisamente esa tensión.
La ficha está dirigida a educación primaria, pertenece a la línea temática Reconocimiento y valoración de la diversidad y plantea aproximadamente 30 minutos para su desarrollo.
Su pregunta de fondo podría formularse así:
¿cómo podemos expresar lo que pensamos sin olvidar que convivimos con personas que pueden pensar diferente?
¿Qué trabaja la ficha La importancia de mi opinión?
La importancia de mi opinión es una actividad para educación primaria orientada a desarrollar participación, diálogo y construcción de acuerdos, ayudando al alumnado a expresar sus ideas, escuchar otras posiciones y tomar decisiones colectivas mediante reflexión, negociación y votación.
El propósito oficial es que niñas y niños:
desarrollen capacidades para reflexionar en colectivo y establecer consensos al proponer soluciones, planificar acciones o plantearse metas comunes.
Los apuntes para el personal docente vinculan esta participación con una escuela que reconoce la diversidad y necesita crear oportunidades para que niñas y niños puedan expresar lo que les gusta, lo que no les gusta y participar en la construcción de acuerdos que favorezcan la convivencia.
Aquí aparece una idea central:
la diversidad también significa diversidad de opiniones.
No solamente somos diferentes por nuestra cultura, historia, capacidades o intereses.
También podemos interpretar una misma situación de maneras distintas.
Participar no es solamente hablar
Podemos pensar que un grupo participa porque hacemos muchas preguntas:
“¿Qué opinan?”
“¿Les gustó?”
“¿Quién quiere decir algo?”
Pero escuchar una opinión no garantiza necesariamente participación.
La participación adquiere más profundidad cuando la voz del alumnado puede influir, dentro de ciertos márgenes, en:
decisiones;
acuerdos;
proyectos;
organización;
solución de problemas;
o construcción de metas compartidas.
Por eso podemos distinguir:
expresar una opinión de participar en una decisión.
Una niña puede decir:
“No me gusta que haya tanto ruido”.
Eso es expresión.
Pero cuando el grupo conversa sobre el problema, propone alternativas, elige algunas y acuerda cómo llevarlas a la práctica, aparece una experiencia más amplia de participación.
Tener voz no significa obtener siempre lo que queremos
Esta ficha permite trabajar una idea que puede ser difícil tanto para niñas y niños como para adultos.
Ser escuchado no significa que los demás tengan que aceptar nuestra propuesta.
Podemos expresar:
“Quiero que juguemos fútbol”.
Otra persona puede querer:
“Prefiero dibujar”.
Una tercera:
“Yo quiero jugar otra cosa”.
Todas las opiniones pueden ser escuchadas.
Pero si necesitamos tomar una decisión común, será necesario:
dialogar;
buscar alternativas;
negociar;
establecer criterios;
o votar.
La participación democrática implica entonces sostener dos ideas simultáneamente:
mi opinión importa
y
las opiniones de los demás también importan.
Qué propone la ficha La importancia de mi opinión
La ficha inicia con una actividad denominada “Poner orden”.
El docente conversa con el alumnado sobre la presencia del orden en distintas situaciones de la vida y utiliza el poema “El Año”, de Mirta Aguirre, donde aparecen las estaciones en determinada secuencia.
Después propone preguntas como:
¿Qué pasaría si se cambiara ese orden en las estaciones del año?
¿En qué otras cosas de la naturaleza se puede observar un orden?
¿Es bueno que haya orden en la naturaleza? ¿Por qué?
Posteriormente, la conversación se traslada hacia el salón de clases.
La ficha invita al alumnado a pensar por qué algunos acuerdos y formas de organización permiten convivir y realizar las actividades del grupo. Finalmente propone una asamblea para que niñas y niños planteen acciones relacionadas con el orden del aula y determinen mediante votación cuáles llevarán a cabo.
Primera actividad: del orden natural a los acuerdos del aula
La comparación entre el orden de las estaciones y el orden dentro del salón puede funcionar como punto de partida.
Pero pedagógicamente conviene hacer una distinción.
Las estaciones siguen determinados procesos naturales.
Los acuerdos del aula, en cambio, son construcciones humanas.
Esto significa que pueden:
discutirse;
explicarse;
revisarse;
negociarse;
y modificarse cuando dejan de funcionar.
Por eso quizá la pregunta más interesante no sea solamente:
¿por qué necesitamos orden?
Sino también:
¿qué tipo de orden necesitamos para aprender y convivir?
Porque “orden” puede significar cosas muy diferentes.
Puede significar:
que nadie hable;
que todos permanezcan sentados;
que cada material tenga un lugar;
que podamos escucharnos;
que existan turnos;
que sepamos qué hacer;
o que podamos realizar una actividad sin impedir la participación de otras personas.
No toda forma de orden tiene necesariamente el mismo sentido pedagógico.
¿Para qué necesitamos acuerdos?
Una regla puede presentarse así:
“No hablen mientras alguien explica”.
Pero también podemos preguntarnos:
¿qué intenta proteger ese acuerdo?
Quizá:
que todos puedan escuchar;
que una persona termine de explicar;
que las ideas no se pierdan;
que podamos comprendernos.
Cuando niñas y niños entienden el porqué, una regla deja de aparecer únicamente como una imposición.
Puede comenzar a comprenderse como una herramienta para organizar la convivencia.
Podemos preguntar:
¿Qué acuerdos nos ayudan realmente?
¿Cuáles ya no funcionan?
¿Qué problema intenta resolver cada uno?
¿A quién beneficia?
¿Alguien está teniendo dificultades para cumplirlo?
¿Necesitamos modificar algo?
La construcción de acuerdos también puede convertirse en una práctica reflexiva.
Cómo realizar la asamblea propuesta por la ficha
Después de conversar sobre el orden, la ficha propone organizar una asamblea para que el alumnado plantee acciones que podrían ayudar a mantenerlo dentro del salón.
Podemos organizarla en varios momentos.
1. Identificar una situación
Por ejemplo:
“Hay mucho ruido durante el trabajo por equipos”.
2. Escuchar distintas perspectivas
Preguntar:
¿A todos les molesta?
¿Cuándo ocurre más?
¿Qué nos dificulta?
¿Hay momentos en los que hablar es necesario?
3. Proponer soluciones
Podrían aparecer:
hablar más bajo;
establecer señales;
separar determinados espacios;
hacer pausas;
reorganizar equipos.
4. Analizar las propuestas
No necesitamos votar inmediatamente.
Podemos preguntar:
¿Qué ventajas tendría?
¿Qué dificultad podría tener?
¿Se puede cumplir?
¿A quién afecta?
5. Tomar una decisión
La ficha propone utilizar la votación.
6. Revisar posteriormente
Aquí podemos ampliar la propuesta.
Después de varios días:
¿funcionó el acuerdo?
¿Necesitamos ajustarlo?
Los acuerdos no deberían ser eternos únicamente porque alguna vez los votamos.
También necesitan evaluación.
Primera variante: El círculo de la verdad
La primera variante oficial se denomina “El círculo de la verdad”.
La ficha propone que cada integrante del grupo exprese cosas que le gustan y que no le gustan de lo que ocurre dentro del salón.
El docente registra las respuestas en dos columnas:
Me gusta
y
No me gusta.
Además, la ficha pide que niñas y niños hablen en primera persona.
Por ejemplo:
“Me gusta jugar con mis amigas”.
“Me molesta que otros tomen mis colores sin pedirlos prestados”.
“No me gusta que haya tanto ruido”.
Este detalle tiene mucho valor pedagógico.
Hablar en primera persona cambia la conversación
No es exactamente lo mismo decir:
“Juan siempre molesta”.
que:
“Me molesta cuando alguien toma mis cosas sin pedirme permiso”.
En la primera frase convertimos a una persona en el problema.
En la segunda describimos:
una situación;
un efecto;
y una necesidad.
Hablar en primera persona puede ayudar a que la conversación se centre menos en acusaciones y más en experiencias.
Podemos enseñar estructuras sencillas:
Me gusta cuando…
Me cuesta cuando…
Me molesta que…
Me gustaría que…
Necesito…
Propongo…
Eso no elimina automáticamente el conflicto.
Pero puede cambiar la forma en que lo abordamos.
Del “No me gusta” a “¿Qué podemos hacer?”
Después de registrar las opiniones, la ficha propone preguntar:
¿Qué podemos hacer para que la lista de “Me gusta” sea mayor que la de “No me gusta”?
Este cambio es importante.
La actividad no se queda en:
quejarse;
señalar;
o enumerar problemas.
Intenta convertir la opinión en acción colectiva.
Por ejemplo:
“No me gusta que tomen mis colores”.
¿Qué podemos hacer?
“Preguntar antes de utilizarlos”.
“No me gusta que haya tanto ruido”.
¿Qué podríamos intentar?
“Hablar a determinado volumen cuando trabajamos”.
La pregunta puede formularse así:
¿Qué parte de esta situación sí podemos transformar como grupo?
No todos los problemas dependerán completamente del alumnado.
También puede haber asuntos relacionados con organización escolar, infraestructura o decisiones adultas.
Reconocer esos límites también forma parte de aprender a participar.
De las propuestas a los compromisos
La ficha plantea cerrar el círculo cuando el grupo establezca dos o tres compromisos destinados a aumentar las situaciones que resultan satisfactorias para la convivencia. Después propone someter esos compromisos a votación.
Esto permite diferenciar tres cosas:
opinión: “No me gusta el ruido”.
propuesta: “Podríamos hablar más bajo”.
compromiso: “Durante el trabajo individual usaremos voz baja y revisaremos el viernes cómo funcionó”.
Mientras más concreta sea la decisión, mayores posibilidades existen de observar posteriormente si realmente se cumplió.
¿La mayoría siempre tiene razón?
La ficha señala que, cuando existe desacuerdo después de una votación, el grupo debe ajustarse a la decisión de la mayoría, entendiendo que no siempre podemos hacer aquello que individualmente queremos y que esto forma parte de aprender a participar en sociedad.
Esta idea puede conservarse y, al mismo tiempo, ampliarse pedagógicamente.
La mayoría es una herramienta útil para tomar determinadas decisiones.
Pero votar no resuelve por sí mismo todas las situaciones de convivencia.
Imaginemos que una mayoría votara:
“No queremos que un compañero participe”.
Que una decisión tenga más votos no la convierte automáticamente en justa.
Por eso necesitamos distinguir entre:
decisiones sobre preferencias
y
decisiones que afectan derechos, dignidad o participación de otras personas.
Podemos votar, por ejemplo:
qué cuento leer;
qué nombre poner a un proyecto;
qué actividad realizar primero.
Pero no deberíamos someter a votación:
quién merece ser tratado con respeto;
quién tiene derecho a participar;
o quién puede pertenecer al grupo.
Aprender democracia también significa aprender que la mayoría tiene límites.
Consenso y votación no son exactamente lo mismo
El propósito de la ficha menciona explícitamente la construcción de consensos.
Sin embargo, varias de sus actividades utilizan votaciones.
Podemos aprovecharlo para distinguir ambos procesos.
Votar significa elegir entre opciones según el número de apoyos.
Construir consenso implica dialogar para intentar llegar a una alternativa que pueda ser aceptada por quienes participan, aunque no necesariamente sea la primera opción de cada persona.
El consenso suele necesitar más tiempo.
También negociación.
Por ejemplo:
Un grupo quiere jugar fútbol.
Otro quiere quemados.
En lugar de votar inmediatamente, pueden surgir alternativas:
realizar ambos juegos;
dividir tiempos;
crear estaciones;
o buscar una tercera actividad.
El aprendizaje no está únicamente en llegar rápido a una decisión.
También puede estar en descubrir cómo construimos una decisión juntos.
Segunda variante: Necesitamos llegar a un acuerdo
La segunda variante oficial se denomina “Necesitamos llegar a un acuerdo”.
La ficha propone organizar equipos de cinco personas y pedirles que diseñen un escudo que los represente dentro de la escuela.
Cada equipo elige después un portavoz.
Los portavoces presentan las propuestas y deben negociar hasta construir un único escudo del grupo.
Mientras tanto, quienes no son portavoces no participan directamente en la discusión: si desean comunicar algo, deben entregar una nota escrita a su representante.
La actividad permite experimentar una forma básica de representación.
¿Qué significa representar la opinión de otros?
Ser portavoz no significa solamente decir lo que personalmente queremos.
Implica intentar comunicar:
las ideas;
necesidades;
acuerdos;
y preferencias
del grupo que representamos.
Por eso podemos preguntar a los portavoces:
¿Tu propuesta era exactamente igual a la de tu equipo?
¿Tuviste que defender alguna idea con la que no estabas completamente de acuerdo?
¿Qué hiciste cuando otras personas propusieron algo diferente?
¿Cómo decidiste qué podías negociar y qué era importante mantener?
La ficha invita precisamente a reflexionar sobre las dificultades que encuentran los portavoces al intentar mantener su opinión y, al mismo tiempo, atender las pretensiones de quienes representan.
¿Me sentí representado?
La experiencia de quienes no pueden hablar directamente también es central.
La ficha pide explícitamente preguntarles si se sintieron escuchados o no.
Aquí podemos profundizar:
¿El portavoz comunicó nuestra idea?
¿Cambió algo sin consultarnos?
¿Podíamos hacerle llegar nuestras opiniones?
¿Entendió lo que queríamos decir?
¿Cómo sabemos que alguien realmente nos representa?
Estas preguntas permiten introducir una idea importante:
participación y representación no son exactamente lo mismo.
Podemos estar representados sin intervenir directamente.
Pero necesitamos mecanismos para que nuestra voz no desaparezca.
No todas las personas participan de la misma manera
En una asamblea suelen hablar con facilidad quienes:
se sienten seguros;
tienen mayor dominio del lenguaje;
son reconocidos por sus compañeros;
o están acostumbrados a intervenir.
Otros estudiantes pueden:
necesitar más tiempo;
preferir escribir;
sentirse incómodos hablando frente al grupo;
comunicarse de otra manera;
o simplemente requerir otra estructura para participar.
Por eso ampliar la participación también puede significar ofrecer distintas posibilidades:
hablar;
escribir;
dibujar;
votar;
trabajar primero en parejas;
utilizar tarjetas;
o enviar ideas mediante un portavoz.
Una asamblea inclusiva no se mide solamente por cuántas personas hablaron.
También podemos preguntarnos:
¿quiénes realmente tuvieron oportunidad de hacer visible su perspectiva?
Participación y diversidad
Esta ficha pertenece a Reconocimiento y valoración de la diversidad.
La relación puede no ser evidente al principio.
Pero tiene mucho sentido.
La diversidad no se limita a reconocer:
culturas;
lenguas;
capacidades;
identidades;
o formas de vida diferentes.
También implica aceptar que dentro de una comunidad pueden existir:
intereses diferentes, necesidades distintas y perspectivas que no siempre coinciden.
Valorar la diversidad significa entonces aprender a convivir sin necesitar unanimidad permanente.
Un grupo donde todos deben pensar igual no es necesariamente un grupo armonioso.
Puede ser simplemente un espacio donde algunas opiniones han dejado de expresarse.
El conflicto de opiniones no es necesariamente un problema
A veces pensamos que una buena convivencia significa:
“todos estamos de acuerdo”.
No necesariamente.
El desacuerdo forma parte de cualquier comunidad.
Dos estudiantes pueden tener buenas razones para preferir soluciones distintas.
El desafío educativo no consiste en eliminar el desacuerdo.
Consiste en aprender a manejarlo sin que se convierta en:
burla;
agresión;
exclusión;
imposición;
o ruptura permanente.
Podemos enseñar que una persona puede decir:
“No estoy de acuerdo contigo”
sin decir:
“Tú estás mal como persona”.
Diferenciar la idea de quien la expresa es una habilidad fundamental para la convivencia.
Una posibilidad de aplicación: revisar los acuerdos del salón
Podemos ampliar la ficha utilizando una pregunta:
¿Qué acuerdos tenemos actualmente y quién decidió que existieran?
Es posible encontrar acuerdos construidos:
por el docente;
por la escuela;
por generaciones anteriores;
o por el propio grupo.
Después podemos clasificarlos:
acuerdos que funcionan;
acuerdos que necesitamos comprender mejor;
acuerdos que podríamos revisar;
situaciones nuevas para las que todavía no tenemos acuerdo.
Esto permite convertir las reglas del aula en un objeto de reflexión.
No significa que todo sea negociable.
El docente conserva responsabilidades relacionadas con seguridad, cuidado y derecho a la educación.
Pero incluso cuando una norma no puede modificarse, podemos explicar por qué existe.
Eso también construye participación.
¿Qué observar durante la actividad?
La ficha puede utilizarse también para leer las relaciones del grupo.
Quién habla y quién no
¿Participan siempre los mismos estudiantes?
¿Quién necesita invitación?
¿Quién parece tener ideas pero no las expresa?
Qué ocurre cuando aparece el desacuerdo
¿Se escuchan?
¿Interrumpen?
¿Se burlan?
¿Cambian de opinión?
¿Intentan convencer?
Cómo argumentan
¿Dicen solamente:
“porque sí”;
“porque yo quiero”;
o comienzan a ofrecer razones?
Qué propuestas reciben más apoyo
¿Las ideas se valoran por su contenido?
¿O influye quién las dijo?
Esta última pregunta puede revelar dinámicas de popularidad, liderazgo o exclusión que normalmente pasan inadvertidas.
Opinión, argumento y evidencia
Una opinión puede comenzar así:
“Creo que deberíamos tener más tiempo para leer”.
Pero podemos ayudar a profundizarla preguntando:
¿por qué?
Entonces aparece un argumento:
“Porque muchas veces no terminamos los libros que elegimos”.
Después incluso podemos buscar evidencia:
¿Cuántas veces ocurrió esta semana?
Este proceso permite avanzar gradualmente desde:
“yo quiero”
hacia
“yo propongo esto por estas razones”.
No necesitamos convertir cada asamblea en un debate formal.
Pero aprender a explicar nuestras razones amplía la calidad de la participación.
Escuchar no significa esperar nuestro turno para hablar
También necesitamos aprender qué significa escuchar.
Escuchar no consiste solamente en permanecer en silencio mientras otra persona habla.
Implica intentar comprender:
qué está diciendo;
qué necesita;
por qué piensa así;
y en qué coincide o difiere de nuestra posición.
Podemos utilizar una pequeña estrategia:
Antes de responder a otra persona, pedir:
“Explícame primero qué entendiste de lo que dijo tu compañero”.
Esto ayuda a evitar discusiones en las que cada quien repite su propia posición sin relacionarse realmente con las otras.
Errores que conviene evitar al trabajar esta ficha
Preguntar la opinión cuando la decisión ya está tomada
Si decimos:
“¿Qué quieren hacer?”
pero no existe ninguna posibilidad real de considerar las respuestas, la participación se vuelve simbólica.
Es preferible explicar claramente qué aspectos pueden decidirse y cuáles no.
Confundir participación con hacer siempre lo que quiere el alumnado
Escuchar no significa abandonar la responsabilidad docente.
Participar implica construir decisiones dentro de marcos, responsabilidades y derechos.
Votar demasiado rápido
La votación puede cerrar una discusión antes de que realmente haya ocurrido.
Primero podemos explorar argumentos y alternativas.
Creer que la mayoría puede decidir absolutamente todo
Los derechos y la dignidad de una persona no deberían depender de una votación.
Obligar a todos a hablar públicamente
Existen distintas formas de participación.
Podemos ofrecer alternativas.
Premiar siempre la opinión “correcta”
Si el alumnado aprende rápidamente qué quiere escuchar el docente, podemos obtener respuestas impecables sin saber qué piensa realmente.
Convertir el acuerdo en algo permanente
Un acuerdo puede funcionar hoy y dejar de hacerlo mañana.
También necesitamos enseñar a revisarlo.
¿Cómo trabajar la ficha con el colectivo docente?
La propuesta oficial invita al profesorado a compartir prácticas inclusivas para atender la diversidad, y pone como ejemplo permitir que el propio alumnado proponga proyectos educativos que le gustaría desarrollar, favoreciendo que se sienta protagonista dentro del aula.
Esto puede abrir una conversación profesional especialmente interesante:
¿En qué decisiones participa realmente nuestro alumnado?
Podríamos distinguir distintos niveles.
Decisiones donde solamente informamos.
Decisiones donde consultamos.
Decisiones donde permitimos elegir entre opciones.
Decisiones construidas conjuntamente.
No todas las decisiones escolares pueden ni deben entregarse completamente al alumnado.
Pero quizá sí podemos revisar si existe un equilibrio.
Por ejemplo:
¿pueden proponer temas?
¿elegir formas de presentar un producto?
¿participar en algunos criterios de organización?
¿evaluar cómo está funcionando una actividad?
¿proponer proyectos?
¿expresar desacuerdo con una decisión?
La participación también se aprende participando realmente.
¿Cómo continuar la actividad con las familias?
La ficha propone invitar voluntariamente a madres, padres o tutores a colaborar con el grupo.
Entre los ejemplos menciona:
leer algún texto con estudiantes;
conversar sobre la lectura;
participar con un equipo en un proyecto;
crear un huerto escolar;
o elaborar una antología de recetas típicas de la región.
También señala que, cuando algunas familias no puedan estar presentes durante la toma de acuerdos, conviene comunicarles lo decidido para que puedan asumir responsabilidad sobre los compromisos establecidos por el grupo.
Esta propuesta permite ampliar la reflexión:
¿cómo participan las familias en las decisiones escolares?
¿Solamente reciben información?
¿Se les consulta?
¿Pueden hacer propuestas?
¿Todas tienen las mismas posibilidades de asistir?
¿Estamos considerando a quienes, por trabajo, cuidado u otras condiciones, no pueden estar presencialmente?
Aquí también aparece una tensión entre participación e inclusión.
Participar también significa asumir responsabilidades
Existe otra dimensión importante.
Pedir que nuestra voz sea considerada implica también reconocer que las decisiones colectivas pueden generar responsabilidades.
Si el grupo acuerda:
“Vamos a mantener los materiales ordenados”.
Entonces el acuerdo necesita convertirse en acción.
Podemos preguntar:
¿Quién hará qué?
¿Cuándo?
¿Cómo sabremos si funcionó?
¿Qué haremos si no se cumple?
Una democracia cotidiana no se construye únicamente mediante opiniones.
También mediante responsabilidad compartida sobre aquello que decidimos.
El cierre oficial: votar también implica explicar por qué
La ficha cierra señalando que, en una votación, la mayoría de los votos determina qué hará el grupo y recomienda que quienes votan expongan también las razones de su elección. Además, recuerda que respetar acuerdos implica desarrollar tolerancia porque no siempre ocurre aquello que cada persona propone individualmente.
Esta idea puede convertirse en una regla muy útil:
no solamente votes: explica tu razón.
Porque una comunidad democrática necesita algo más que contar manos.
Necesita:
argumentos;
escucha;
negociación;
responsabilidad;
y capacidad para convivir con decisiones que no siempre coinciden con nuestras preferencias.
De la actividad a una cultura cotidiana de participación
Podemos organizar una excelente asamblea una vez al mes.
Pero si durante el resto del tiempo:
todas las decisiones las toma exclusivamente el adulto;
las preguntas del alumnado se interpretan como desafío;
el desacuerdo se castiga;
solo hablan quienes levantan la mano más rápido;
o las opiniones nunca modifican nada,
la participación difícilmente se convierte en cultura.
Por eso esta ficha puede ayudarnos a pensar algo más amplio:
¿qué lugar ocupa realmente la voz del alumnado dentro de nuestra práctica?
No necesitamos transformar el aula en una asamblea permanente.
Pero sí podemos construir momentos auténticos donde niñas y niños aprendan que:
su voz tiene valor;
otras voces también;
las diferencias pueden dialogarse;
los acuerdos necesitan razones;
y participar implica asumir responsabilidades.
De “mi opinión” a “nuestra decisión”
El título de la ficha coloca el énfasis en mi opinión.
Pero todo su desarrollo conduce hacia algo mayor:
nuestra decisión.
Ese movimiento es pedagógicamente muy importante.
Primero:
¿Qué pienso?
Después:
¿Qué piensan los demás?
Luego:
¿Dónde coincidimos y dónde diferimos?
Más tarde:
¿Qué alternativas existen?
Finalmente:
¿Qué podemos decidir juntos?
Participar no significa desaparecer dentro del colectivo.
Tampoco imponer permanentemente la individualidad.
Implica aprender a moverse entre ambas dimensiones.
La ruta de las fichas 21 a 27
Con esta ficha, la secuencia de Reconocimiento y valoración de la diversidad llega a un punto especialmente interesante.
En Hablemos de las nubes reconocimos las diferencias.
En Gallinita ciega analizamos las condiciones y los apoyos que favorecen la participación.
En Las apariencias engañan cuestionamos prejuicios construidos desde las primeras impresiones.
En Por mí y por todos mis amigos trabajamos solidaridad e interdependencia.
En Iguales-diferentes analizamos la relación entre diversidad e igualdad.
En ¿Alguien es mejor? observamos cómo algunas diferencias pueden convertirse en jerarquías y desigualdades.
Y ahora, con La importancia de mi opinión, aparece una nueva dimensión:
¿cómo convivimos y tomamos decisiones cuando dentro de la diversidad también existen perspectivas diferentes?
La progresión puede expresarse así:
reconocer la diferencia → favorecer la participación → cuestionar el prejuicio → construir solidaridad → comprender la igualdad → identificar desigualdades → aprender a dialogar y decidir juntos.
La diversidad deja entonces de entenderse solamente como algo que debemos “aceptar”.
Comienza a formar parte de cómo organizamos la vida democrática del aula.
Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.
Preguntas para reflexionar sobre la práctica
- ¿Qué decisiones pueden tomar realmente mis estudiantes dentro del aula?
- ¿Pregunto su opinión cuando existe una posibilidad real de considerarla?
- ¿Participan siempre las mismas personas?
- ¿Qué estudiantes encuentran mayores dificultades para hacer visible su voz?
- ¿Cómo reaccionamos frente al desacuerdo?
- ¿Enseñamos a argumentar o únicamente a elegir?
- ¿Votamos demasiado rápido cuando podríamos intentar construir un consenso?
- ¿Qué decisiones no deberían someterse a votación porque involucran derechos o dignidad?
- ¿Nuestros acuerdos explican para qué existen?
- ¿Los revisamos cuando dejan de funcionar?
- ¿Escuchamos al alumnado solo para conocer lo que piensa o permitimos que algunas de sus ideas transformen la práctica?
- ¿Cómo podemos ampliar la participación sin renunciar a las responsabilidades propias del docente?
Reflexión final: que mi opinión importe no significa que sea la única
Aprender a decir:
“Esto pienso”.
es importante.
Aprender a decir:
“Esto necesito”.
también.
Pero vivir con otras personas nos obliga a agregar otra pregunta:
¿qué piensan y necesitan los demás?
Ahí comienza la complejidad de la participación.
Una comunidad no puede construirse únicamente acumulando opiniones individuales.
Necesita aprender a:
escuchar;
argumentar;
negociar;
ceder;
defender algunas ideas;
modificar otras;
tomar decisiones;
y responsabilizarse de ellas.
A veces nuestra propuesta será elegida.
Otras veces no.
En ocasiones cambiaremos de opinión.
En otras mantendremos un desacuerdo legítimo.
Lo importante es que ninguna de esas situaciones nos obligue a desaparecer como personas ni a silenciar a quienes piensan diferente.
Quizá ese sea el aprendizaje más profundo de La importancia de mi opinión:
mi voz importa precisamente porque forma parte de una comunidad donde también importan otras voces.
Por eso educar para la participación no consiste solamente en preguntar:
“¿Qué opinas?”
También implica construir las condiciones para avanzar hacia otra pregunta:
“Ahora que conocemos distintas opiniones, ¿qué podemos hacer juntos con ellas?”
También puede ayudarte
📚 Serie: Fichero de actividades de cultura de paz SEP
📌Ficha 21. Hablemos de las nubes
📌 Ficha 23. Las apariencias engañan
📌 Ficha 24. Por mí y por todos mis amigos
📌Ficha 28. ¿Discriminas o eres discriminado?
📌Ficha 29. ¿Qué me hace ser yo?
📌Ficha 30. Para adquirir confianza
📌 Valoración de la diversidad en el aula: actividades y aplicación






