¿Qué me hace ser yo?: actividad para trabajar identidad y diversidad en secundaria
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¿Qué cosas forman nuestra identidad? La historia familiar, la cultura, las experiencias, los vínculos, las capacidades y los proyectos se entrelazan para construir quiénes somos, sin convertir nuestra identidad en algo terminado o inmutable.
Actualizado 11/09/26
¿Qué me hace ser quien soy?
Nuestro nombre.
La familia.
El lugar donde nacimos.
Las personas que hemos conocido.
Lo que nos gusta.
Lo que rechazamos.
Las experiencias que recordamos.
Aquello que sabemos hacer.
Las dificultades que hemos enfrentado.
Lo que otras personas han dicho sobre nosotros.
Y también aquello que todavía queremos llegar a ser.
Cuando preguntamos a un adolescente:
“¿Quién eres?”
parecería que estamos haciendo una pregunta sencilla.
Pero responderla puede ser bastante complejo.
Porque ninguna persona puede explicarse mediante una sola característica.
No somos solamente:
- la calificación que obtenemos;
- nuestro aspecto;
- nuestra familia;
- el lugar donde vivimos;
- nuestros gustos;
- la opinión de nuestros compañeros;
- ni aquello que mostramos en redes sociales.
Somos resultado de múltiples historias, relaciones, experiencias y decisiones que continúan transformándose.
La Ficha 29. ¿Qué me hace ser yo?, incluida en el Fichero de actividades didácticas para promover la cultura de paz en y desde nuestra escuela de la Secretaría de Educación Pública, propone detenerse precisamente en esta pregunta.
Está dirigida a educación secundaria, pertenece a la línea Reconocimiento y valoración de la diversidad y plantea aproximadamente 30 minutos para su realización.
Su punto de partida puede resumirse en una idea:
para reconocer la diversidad de los demás también necesitamos aprender a reconocer la propia.
¿Qué trabaja la ficha ¿Qué me hace ser yo?
¿Qué me hace ser yo? es una actividad para secundaria orientada al reconocimiento de la identidad y la diversidad personal mediante la historia de vida, los vínculos familiares, la herencia cultural, las cualidades, las dificultades y los proyectos que cada adolescente identifica en sí mismo.
El propósito oficial es que las y los adolescentes:
desarrollen actitudes de respeto y aceptación ante la diversidad de las personas en sus diferentes manifestaciones, empezando por ellos mismos.
Los apuntes para el personal docente señalan que en las aulas conviven estudiantes con distintas situaciones económicas, sociales y culturales, además de diferentes necesidades educativas y de aprendizaje. También plantean que esa diversidad puede convertirse en una fuente de intercambio y enriquecimiento.
Aquí aparece una relación fundamental:
identidad y diversidad no son temas separados.
La diversidad existe porque cada persona se construye dentro de una combinación particular de historias, experiencias, relaciones y condiciones.
¿Qué es la identidad personal?
La identidad personal es la construcción mediante la cual una persona reconoce quién es a partir de su historia, relaciones, cultura, características, experiencias, capacidades, valores, pertenencias y proyectos, en un proceso que puede transformarse a lo largo de la vida.
No necesitamos presentar esta definición de manera teórica al alumnado.
La propia ficha permite construirla mediante preguntas mucho más cercanas:
¿De dónde vengo?
¿Qué he recibido de las personas y contextos que forman parte de mi historia?
¿Qué me ha ayudado a crecer?
¿Qué reconozco actualmente en mí?
¿Hacia dónde quiero dirigir mi vida?
La identidad aparece entonces no como una etiqueta, sino como una historia en construcción.
Nuestra identidad es personal, pero no se construye en aislamiento
A veces hablamos de identidad como si fuera algo completamente interno:
“Yo soy así”.
Pero nadie construye quién es desde cero.
Aprendemos:
- una lengua;
- costumbres;
- formas de relacionarnos;
- creencias;
- valores;
- historias;
- maneras de interpretar el mundo.
También recibimos mensajes sobre:
- cómo deberíamos comportarnos;
- qué se espera de nosotros;
- qué capacidades se nos reconocen;
- y qué posibilidades imaginamos para nuestro futuro.
Por eso la identidad tiene una dimensión personal y otra relacional.
Somos nosotros.
Pero también somos personas que han crecido entre otras personas y dentro de determinados contextos.
Qué propone la ficha ¿Qué me hace ser yo?
La actividad principal se denomina “Soy parte de una historia”.
La ficha propone que cada adolescente realice primero un autorretrato y escriba una narración sobre su propia historia y la de su familia.
El texto puede incluir:
- dónde nació;
- sus gustos;
- su historia familiar;
- y algún acontecimiento que haya influido en la persona que es actualmente.
Después propone representar esa historia mediante un árbol compuesto por raíces, tronco y ramas.
El árbol funciona como una metáfora para pensar:
de dónde vengo → qué me sostiene → hacia dónde quiero ir.
Materiales para realizar la actividad
La ficha oficial requiere materiales muy sencillos:
- hojas blancas tamaño carta;
- lápices de colores.
También propone como recurso el video “La DIVERSIDAD es la característica que hace al humano SER HUMANO”.
Esto permite realizar la actividad sin una preparación material compleja.
La parte importante estará en las condiciones de confianza que construyamos para trabajar con información personal.
Primera parte: hacer un autorretrato
La ficha comienza solicitando a cada adolescente que dibuje su autorretrato.
Podríamos pensar que el propósito es obtener un dibujo parecido físicamente.
Pero pedagógicamente podemos ampliar la actividad.
Un autorretrato también puede incluir:
- símbolos;
- colores;
- palabras;
- objetos;
- lugares;
- aficiones;
- personas;
- o elementos que cada estudiante considere importantes para representarse.
Entonces podemos preguntar:
Si alguien viera solamente tu dibujo, ¿qué podría saber de ti?
Y después:
¿qué cosas importantes sobre ti no podría descubrir solamente mirándote?
Esta segunda pregunta conecta directamente con lo trabajado anteriormente en Las apariencias engañan y ¿Discriminas o eres discriminado?
Una apariencia ofrece información.
Pero no contiene toda la historia de una persona.
Segunda parte: Soy parte de una historia
Después del autorretrato, la ficha propone escribir una narración que incluya la historia personal y familiar.
Puede incorporar: dónde nacieron; sus gustos; y algún acontecimiento que haya influido en quiénes son.
Aquí aparece una idea importante:
nuestra identidad también tiene historia.
No siempre hemos pensado igual.
No siempre nos han gustado las mismas cosas.
No siempre hemos tenido las mismas relaciones.
Incluso algunas características que hoy consideramos centrales quizá hace algunos años no tenían la misma importancia.
Podemos preguntar:
¿Qué cosas han cambiado en ti?
¿Qué cosas permanecen?
¿Qué experiencia recuerdas como importante?
¿Qué persona ha influido en tu manera de pensar?
¿Qué has aprendido de tu familia o comunidad?
La intención no es reconstruir una biografía completa.
Es comenzar a reconocer algunas de las experiencias que participan en la construcción de nuestra identidad.
Tercera parte: construir el árbol de nuestra historia
La ficha propone dibujar un árbol y utilizar tres de sus partes:
raíces;
tronco;
ramas.
Cada una representa una dimensión diferente.
Las raíces: lo que hemos recibido
En las raíces, la ficha pide registrar aquello que cada persona ha recibido durante su vida.
Menciona elementos como: familia; herencia genética y cultural; y actividades habituales.
Pedagógicamente podemos ampliar las raíces hacia preguntas como:
¿Qué costumbres forman parte de mi historia?
¿Qué palabras o expresiones aprendí en mi familia?
¿Qué comidas, celebraciones o tradiciones reconozco?
¿Qué conocimientos he recibido de otras personas?
¿Qué lugares forman parte de mi historia?
Las raíces representan algo importante:
no comenzamos nuestra historia desde cero.
Recibimos una herencia biológica, cultural, familiar y social.
Pero recibir algo tampoco significa estar obligado a conservarlo exactamente de la misma manera.
Las raíces influyen, pero no determinan completamente
Esta distinción puede enriquecer mucho la ficha.
Nuestra familia y nuestro contexto tienen una influencia profunda.
Pero eso no significa que expliquen completamente quiénes seremos.
Podemos:
- conservar tradiciones;
- reinterpretarlas;
- cuestionarlas;
- crear otras;
- adoptar nuevos intereses;
- construir relaciones distintas;
- o modificar nuestras ideas.
Las raíces nos ayudan a comprender de dónde venimos.
No necesariamente deciden hasta dónde podemos llegar.
El tronco: aquello que nos ha dado fuerza
La ficha propone colocar en el tronco aquello que ha permitido crecer a cada adolescente, haciendo referencia especialmente a la familia cercana: padre, madre, hermanas y hermanos.
Podemos ampliar esta representación reconociendo que no todas las historias familiares tienen la misma configuración.
Para algunos estudiantes pueden ser fundamentales: abuelos, tíos, hermanos, madres, padres; familias adoptivas, personas tutoras, amistades, docentes, vecinos, u otras figuras significativas.
La pregunta puede formularse de manera más abierta:
¿Qué personas, experiencias o relaciones te han ayudado a crecer?
Así conservamos el sentido de la ficha sin asumir que todas las trayectorias familiares son iguales.
Las ramas: hacia dónde quiero dirigir mi vida
En las ramas, la ficha pide escribir hacia dónde quieren dirigir su vida.
Propone preguntas como:
¿Hacia dónde quieren ir en el futuro?
¿Qué les gustaría hacer?
¿Qué profesión elegirían?
¿Cómo les gustaría vivir?
Este momento es especialmente importante porque introduce una dimensión que a veces olvidamos cuando hablamos de identidad:
también somos proyecto.
No solamente somos lo que hemos recibido.
También construimos posibilidades.
Podemos imaginar.
Elegir.
Cambiar.
Intentar.
Equivocarnos.
Reformular nuestros planes.
En secundaria, preguntar por el futuro no debería convertirse necesariamente en:
“Decide ahora qué harás durante toda tu vida”.
Podemos permitir respuestas abiertas:
“Quiero viajar”.
“Quiero aprender otro idioma”.
“Quiero tener tranquilidad”.
“Quiero estudiar algo relacionado con animales”.
“Todavía no sé”.
No saber todavía también es una respuesta legítima.
Identidad no significa tener todo resuelto
Durante la adolescencia existe una fuerte presión por responder:
¿Quién eres?
¿Qué quieres?
¿Qué vas a estudiar?
¿Qué quieres hacer con tu vida?
Pero la identidad no necesita estar completamente definida.
Podemos ayudar a comprender que:
tener dudas;
cambiar de intereses;
explorar;
contradecir ideas anteriores;
o no tener todavía un proyecto profesional definido
también forma parte del proceso.
El árbol no debería funcionar como contrato con el futuro.
Es una fotografía de cómo una persona se comprende en este momento.
Más adelante puede cambiar.
Cuarta parte: reconocer virtudes y aspectos que queremos mejorar
La ficha propone completar el árbol con dos listas.
En la primera, cada adolescente escribe cinco virtudes que considera que posee.
En la segunda, cinco defectos en los que tendría que trabajar para mejorar sus relaciones familiares y escolares.
Podemos conservar fielmente esta propuesta y, pedagógicamente, ampliar el lenguaje.
En lugar de pensar únicamente:
virtud / defecto
también podemos preguntar:
¿Qué reconozco como fortaleza en mí?
¿Qué aspecto de mí quiero seguir desarrollando?
Esto evita que una dificultad se transforme en identidad.
No es lo mismo decir:
“Soy irresponsable”.
que:
“Me cuesta organizar mis tareas y quiero trabajar en ello”.
La primera frase parece definir a la persona.
La segunda reconoce una conducta que puede transformarse.
Una dificultad no define completamente quién soy
Este punto conecta directamente con la educación inclusiva.
Un adolescente puede:
tener dificultades en matemáticas;
hablar poco frente al grupo;
tener problemas para organizarse;
necesitar apoyo para leer;
o reaccionar impulsivamente en algunas situaciones.
Pero ninguna de esas características explica completamente quién es.
Una dificultad puede coexistir con:
creatividad;
sentido del humor;
capacidad para escuchar;
habilidad deportiva;
pensamiento crítico;
solidaridad;
conocimiento tecnológico;
talento artístico;
o muchas otras capacidades.
Por eso una pregunta útil puede ser:
¿cuántas veces conocemos a nuestros estudiantes principalmente por aquello que les cuesta?
Primera variante: Así soy yo
La primera variante oficial se denomina “Así soy yo”.
Cada adolescente recibe una hoja con ese título y escribe tres o cuatro acciones que considera que sabe hacer bastante bien.
La ficha ofrece ejemplos como:
dibujar;
cantar;
hacer amigos;
jugar.
Después agrega una actividad que considera que todavía no realiza tan bien, pero que podría mejorar.
La ficha señala explícitamente que el alumnado no debe sentirse inspeccionado y que cada persona escribirá voluntariamente aquello que quiera y pueda mostrar.
Este principio es fundamental.
Hablar de identidad requiere derecho a la privacidad
Una actividad sobre identidad puede convertirse fácilmente en:
“Cuéntanos algo personal”.
Pero una persona puede no querer hacerlo.
Y eso también debe respetarse.
No todo lo que forma nuestra identidad tiene que convertirse en contenido escolar.
Podemos permitir:
“Esto quiero compartir”.
“Esto prefiero conservar para mí”.
La confianza no se construye obligando a revelar información.
Se construye cuando una persona sabe que puede decidir hasta dónde quiere mostrarse.
Conocer a alguien más allá de lo que suponemos
Después de escribir sus características, la ficha propone formar parejas o equipos de tres integrantes para intercambiar los textos.
Durante aproximadamente cinco minutos, dialogan a partir de preguntas como:
¿Qué fue lo que más les sorprendió?
¿Conocían todo lo que se dice de su compañero?
¿Se habían dado cuenta de esas cualidades?
Este momento conecta directamente con las fichas anteriores.
Podemos convivir todos los días con alguien y conocer solamente una parte.
Quizá descubrimos que:
alguien sabe cocinar;
otra persona escribe historias;
alguien practica un deporte;
otra toca un instrumento;
alguien cuida animales;
otra persona sabe reparar objetos.
Conocer mejor a alguien puede desarmar categorías demasiado simples.
La identidad siempre es más amplia que la primera impresión.
Segunda variante: Anuncios
La segunda variante se denomina “Anuncios”.
La ficha propone elaborar un mural con los nombres del alumnado donde cada estudiante pueda escribir qué puede ofrecer a los demás.
Por ejemplo:
alguien que tiene facilidad para matemáticas puede apoyar a quien necesita ayuda;
quien destaca en un deporte puede colaborar con otros compañeros;
o una persona puede ofrecer alguna otra capacidad que reconozca en sí misma.
Pero la ficha agrega algo igualmente importante:
también pueden utilizar el mural para pedir apoyo.
Esto cambia mucho el sentido de la actividad.
“Puedo ayudar” y “necesito ayuda” pueden coexistir
Una persona puede escribir:
Puedo ayudar con matemáticas.
Y al mismo tiempo:
Necesito ayuda para dibujar.
Otra puede decir:
Puedo escuchar cuando alguien necesita hablar.
Y también:
Necesito apoyo para organizar mis tareas.
Esto rompe una división muy común:
quienes pueden
frente a
quienes necesitan ayuda.
En realidad, todos podemos encontrarnos en ambas posiciones.
Tenemos capacidades que aportar.
Y tenemos aspectos donde necesitamos a otras personas.
Esta idea permite pensar la diversidad desde la interdependencia.
No convertir las capacidades en nuevas etiquetas
El mural puede producir un efecto positivo:
descubrir capacidades desconocidas.
Pero también necesitamos evitar que genere nuevas etiquetas:
“el bueno para matemáticas”;
“la que dibuja”;
“el deportista”;
“la que siempre ayuda”.
Una capacidad forma parte de una persona.
No la agota.
Podemos preguntar periódicamente:
¿Descubriste algo nuevo que ahora puedes ofrecer?
¿Hay algo que antes necesitabas y ahora puedes hacer?
¿Quieres cambiar tu anuncio?
Así el mural también comunica que las capacidades se desarrollan y cambian.
¿Qué observar durante la actividad?
Esta ficha puede ayudarnos a comprender cómo se está construyendo la identidad dentro del grupo.
Cómo se describen las y los adolescentes
¿Hablan principalmente de:
apariencia;
calificaciones;
personalidad;
relaciones;
capacidades;
gustos?
Qué les resulta difícil reconocer
¿Pueden identificar cualidades propias?
¿Les resulta más fácil hablar de aquello que consideran un “defecto”?
De dónde vienen sus descripciones
Podemos escuchar frases como:
“mi mamá dice que soy…”
“todos dicen que…”
“mis amigos me conocen como…”
Esto permite observar cómo las miradas de otras personas participan en nuestra autopercepción.
Qué capacidades reciben reconocimiento
¿El grupo valora principalmente:
buenas calificaciones;
deporte;
popularidad?
¿También aparecen:
escucha;
creatividad;
cuidado;
responsabilidad;
capacidad para resolver conflictos;
humor;
o solidaridad?
La escuela también participa en decidir qué capacidades se vuelven visibles.
Identidad y etiquetas escolares
“Es flojo”.
“Es inteligente”.
“Es problemática”.
“Es muy aplicado”.
“Es distraído”.
“Es tímida”.
Las etiquetas pueden parecer formas rápidas de describir.
Pero tienen un riesgo:
convertir una conducta situada en una identidad permanente.
Un estudiante puede distraerse en determinada actividad.
Eso no significa que sea una persona distraída en todos los contextos.
Puede mostrar poco interés en una asignatura.
Eso no significa que sea flojo.
La diferencia parece pequeña en el lenguaje.
Pedagógicamente es enorme.
Podemos describir lo que ocurre sin convertirlo en esencia:
“En estas actividades le está costando mantener la atención”.
Eso abre posibilidades.
“Es distraído”.
Puede cerrarlas.
¿Quién soy en la escuela y quién soy fuera de ella?
Esta pregunta puede ampliar mucho la ficha.
Algunos estudiantes que dentro del aula parecen tener pocas oportunidades de destacar pueden desarrollar fuera de ella capacidades extraordinarias.
Pueden:
trabajar;
cuidar hermanos;
crear contenido digital;
reparar objetos;
vender productos;
participar en una comunidad;
bailar;
cocinar;
programar;
dibujar;
tocar música;
practicar un deporte;
o conocer profundamente algún tema que nunca aparece en el currículo.
Entonces podemos preguntar:
¿cuánto de nuestros estudiantes cabe realmente dentro de las categorías con las que la escuela suele describirlos?
Reconocer diversidad también significa ampliar aquello que consideramos conocimiento, capacidad y experiencia valiosa.
Identidad y cultura digital
Pedagógicamente, esta ficha también puede ampliarse hacia una dimensión que forma parte de la adolescencia contemporánea:
la identidad digital.
Un adolescente puede construir distintas formas de presentarse:
en el salón;
con su familia;
con sus amistades;
en videojuegos;
en TikTok;
en Instagram;
en comunidades digitales.
Esto no significa necesariamente que una sea “verdadera” y las demás falsas.
Las personas mostramos diferentes dimensiones de nosotros dependiendo del contexto.
Podemos preguntar:
¿Somos exactamente la misma persona en todos los espacios?
¿Qué decidimos mostrar en redes?
¿Qué dejamos fuera?
¿Cómo influyen los comentarios, seguidores o reacciones en la manera en que nos percibimos?
¿Qué ocurre cuando otras personas intentan definirnos por lo que publicamos?
Esta ampliación no forma parte de la actividad oficial, pero permite conectar la pregunta “¿Qué me hace ser yo?” con la experiencia adolescente contemporánea.
Nuestra identidad también puede estar atravesada por contradicciones
Podemos ser:
seguros en un espacio e inseguros en otro;
muy habladores con amigos y silenciosos en clase;
buenos para ayudar a otros y tener dificultades para pedir ayuda;
sentir orgullo por algunas partes de nuestra historia y cuestionar otras.
Eso no significa necesariamente incoherencia.
Significa que la identidad humana es compleja.
No necesitamos enseñar a los adolescentes a construir una versión perfectamente ordenada de sí mismos.
También podemos enseñarles a habitar preguntas sobre quiénes están siendo y quiénes quieren llegar a ser.
El cierre oficial: Somos iguales, somos diferentes
La ficha propone concluir elaborando un cartel en el que las y los adolescentes estampen las huellas de sus manos sobre la frase:
“SOMOS IGUALES, SOMOS DIFERENTES”.
La frase resume buena parte de la línea temática que hemos venido trabajando.
Podemos ser diferentes en:
historias;
gustos;
capacidades;
familias;
proyectos;
experiencias;
culturas;
formas de aprender.
Pero esas diferencias no eliminan nuestra igualdad en dignidad.
Quizá podamos acompañar el cartel con una pregunta:
¿Iguales en qué y diferentes en qué?
Así evitamos que la frase quede solamente como consigna.
¿Cómo trabajar la ficha con el colectivo docente?
La propuesta oficial invita a utilizar un espacio del Consejo Técnico Escolar para trabajar alguna de las secuencias didácticas de la ficha o compartir el video “La DIVERSIDAD es la característica que hace al humano SER HUMANO”, abriendo posteriormente un intercambio de comentarios y experiencias entre docentes.
Podemos ampliar esa conversación con una pregunta profesional:
¿Cómo describimos a nuestros estudiantes cuando hablamos de ellos?
¿Qué aparece primero?
¿Sus dificultades?
¿Sus calificaciones?
¿Su conducta?
¿Su contexto familiar?
¿También conocemos sus intereses, capacidades, historias y proyectos?
Otra pregunta puede resultar todavía más incómoda:
¿Qué identidades ayudamos a construir mediante nuestras expectativas?
Cuando repetimos:
“tú eres muy bueno para esto”;
“eso nunca se te ha dado”;
“siempre eres el problemático”;
“ella sí es responsable”,
no estamos describiendo únicamente.
También podemos estar participando en la manera en que una persona comienza a verse a sí misma.
¿Cómo continuar la actividad con las familias?
La propuesta oficial es sencilla y profundamente personal.
Sugiere que madres, padres o tutores escriban una carta a sus hijas o hijos explicándoles por qué son especiales para ellos y por qué los quieren.
Esta actividad puede aportar otra mirada al árbol.
El adolescente escribió:
cómo se ve a sí mismo.
Ahora aparece:
cómo alguien significativo lo mira.
No tienen que coincidir completamente.
Incluso esa diferencia puede ser interesante.
A veces otras personas reconocen capacidades que nosotros todavía no vemos.
Pero conviene mantener una idea:
la carta puede acompañar la construcción de identidad.
No debería definirla por completo.
Cuidado con las distintas realidades familiares
La propuesta oficial habla de madres, padres o tutores.
En su aplicación podemos mantener abierta la posibilidad de que escriba una persona significativa elegida por el adolescente cuando las condiciones familiares lo requieran.
No todos tienen:
la misma estructura familiar;
los mismos vínculos;
historias familiares sencillas;
o posibilidades de recibir una carta.
La actividad sobre diversidad necesita ser coherente precisamente con esa diversidad.
El objetivo es fortalecer reconocimiento y vínculo.
No hacer visible dolorosamente quién tiene o no determinada configuración familiar.
Errores que conviene evitar al trabajar ¿Qué me hace ser yo?
Obligar a compartir información personal
La ficha misma señala en su primera variante que cada estudiante debe mostrar voluntariamente aquello que quiera compartir.
Ese principio puede extenderse a toda la actividad.
Convertir “defectos” en etiquetas
Una dificultad puede trabajarse.
No necesita convertirse en definición permanente de una persona.
Suponer que todas las familias son iguales
Las historias y configuraciones familiares son diversas.
Reducir la identidad a la familia
La familia es importante, pero también influyen amistades, escuela, comunidad, cultura, experiencias y decisiones personales.
Obligar a definir un proyecto profesional
No saber todavía qué se quiere estudiar o hacer también forma parte de la adolescencia.
Hacer público el árbol sin consentimiento
El trabajo puede contener información íntima.
Exponerlo en un mural debería ser una decisión voluntaria.
Comparar historias
No necesitamos decidir qué vida es:
más interesante;
más difícil;
más exitosa;
o más admirable.
La actividad busca reconocer singularidades, no construir rankings biográficos.
Convertir una cualidad en identidad permanente
Ser bueno en matemáticas es una capacidad.
No toda la persona.
De la identidad individual a la diversidad del grupo
Imaginemos todos los árboles terminados.
Ninguno será exactamente igual.
Tendrán:
raíces diferentes;
historias distintas;
fortalezas particulares;
dificultades;
personas significativas;
y futuros imaginados de maneras diversas.
Pero todos compartirán algo:
están creciendo dentro de la misma comunidad escolar.
Ahí aparece el sentido profundo de la ficha.
Valorar la diversidad no significa solamente aprender datos sobre personas diferentes a nosotros.
También significa reconocer:
yo también soy parte de la diversidad.
No existe:
“el grupo normal”
y
“las personas diversas”.
Todos participamos de la diversidad humana.
De “aceptar al diferente” a reconocernos como diferentes
Esta distinción puede cambiar mucho nuestra manera de trabajar inclusión.
Cuando decimos:
“Debemos aceptar a las personas diferentes”.
parece existir un grupo central que posee la normalidad y, desde ahí, concede aceptación a quienes se alejan de ella.
Podemos cambiar la pregunta:
¿diferente respecto de quién?
Todos tenemos características que coinciden con algunas personas y nos distinguen de otras.
Todos pertenecemos a distintos grupos.
Todos tenemos historias particulares.
Por eso quizá resulte más coherente hablar de:
reconocer y valorar la diversidad de la que todos formamos parte.
La inclusión deja entonces de ser algo que hacemos por “los diferentes”.
Se convierte en una forma de construir una comunidad donde distintas personas puedan pertenecer.
La ruta de las fichas 21 a 29
La secuencia de Reconocimiento y valoración de la diversidad continúa adquiriendo profundidad.
En Hablemos de las nubes reconocimos las diferencias.
En Gallinita ciega observamos cómo los apoyos y las condiciones influyen en la participación.
En Las apariencias engañan cuestionamos las primeras interpretaciones sobre otras personas.
En Por mí y por todos mis amigos incorporamos solidaridad e interdependencia.
En Iguales-diferentes analizamos la relación entre diversidad e igualdad.
En ¿Alguien es mejor? identificamos cómo algunas diferencias pueden convertirse en estereotipos y desigualdades.
En La importancia de mi opinión incorporamos diversidad de perspectivas y construcción colectiva de acuerdos.
En ¿Discriminas o eres discriminado? analizamos cómo estereotipos y prejuicios pueden traducirse en exclusión.
Y ahora, con ¿Qué me hace ser yo?, la mirada regresa hacia nosotros:
¿cómo puedo reconocer la diversidad de los demás si todavía no he pensado en la complejidad que existe dentro de mi propia identidad?
La progresión podría expresarse así:
reconocer la diferencia → favorecer la participación → cuestionar prejuicios → construir solidaridad → comprender la igualdad → identificar desigualdades → dialogar en la diversidad → reconocer la discriminación → comprender la propia identidad.
La diversidad deja de ser algo que observamos desde fuera.
Nos incluye.
Este ecosistema educativo se mantiene gracias a la comunidad.
Si te ha servido, puedes contribuir a que continúe.
Preguntas para reflexionar sobre la práctica
- ¿Qué características utilizan mis estudiantes para describirse?
- ¿Qué aspectos de su identidad reciben mayor reconocimiento dentro de la escuela?
- ¿Qué capacidades permanecen invisibles porque no aparecen en las actividades académicas habituales?
- ¿Qué etiquetas utilizamos los docentes para describir al alumnado?
- ¿Estamos confundiendo conductas situadas con características permanentes?
- ¿Qué espacio ofrecemos para que adolescentes hablen de quiénes son sin obligarlos a revelar información privada?
- ¿Cómo influyen familia, escuela, amistades y cultura digital en su construcción identitaria?
- ¿Permitimos que una persona cambie o seguimos interpretándola desde versiones anteriores de sí misma?
- ¿Cómo acompañamos a quienes todavía no saben qué quieren hacer en el futuro?
- ¿Reconocemos distintas configuraciones e historias familiares?
- ¿Nuestra escuela ayuda a descubrir capacidades o principalmente señala dificultades?
- ¿Qué necesitaríamos transformar para que cada estudiante pueda reconocerse como alguien que tiene algo que aportar y también derecho a necesitar apoyo?
Reflexión final: somos historia, presente y posibilidad
¿Qué me hace ser yo?
Podríamos responder con nuestro nombre.
Nuestra familia.
Nuestros gustos.
El lugar donde nacimos.
Nuestras capacidades.
Pero ninguna respuesta parece suficiente.
Porque somos también aquello que hemos vivido.
Las personas que nos acompañaron.
Las palabras que recordamos.
Las dificultades que atravesamos.
Las cosas que aprendimos.
Las ideas que abandonamos.
Los lugares a los que pertenecemos.
Y los futuros que todavía imaginamos.
Somos raíces.
Pero también ramas.
La identidad no es únicamente aquello que heredamos.
Tampoco es algo que inventamos completamente solos.
Se construye en esa relación compleja entre:
historia, contexto, vínculos, experiencia y posibilidad.
Quizá por eso educar para la diversidad necesita comenzar también por ahí.
No solamente enseñando a “aceptar a quienes son diferentes”.
Sino ayudando a cada persona a descubrir que ella misma forma parte de la diversidad que habita la escuela.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es únicamente:
¿qué me hace ser yo?
También podemos comenzar a preguntarnos:
¿qué tipo de escuela necesitamos construir para que cada persona pueda seguir descubriendo quién es sin tener que convertirse en alguien más para poder pertenecer?
También puede ayudarte
📚 Serie: Fichero de actividades de cultura de paz SEP
📌Ficha 21. Hablemos de las nubes
📌 Ficha 23. Las apariencias engañan
📌 Ficha 24. Por mí y por todos mis amigos
📌Ficha 27. La importancia de mi opinión
📌Ficha 28. ¿Discriminas o eres discriminado?
📌Ficha 30. Para adquirir confianza
📌 Cómo prevenir la discriminación en el aula
📌 Valoración de la diversidad en el aula: actividades y aplicación
📌 Instrumento para identificar las Barreras para el Aprendizaje y la Participación





