Cuando el rezago escolar se vuelve visible y nadie quiere hablar de eso
Introducción: eso que vemos… pero a veces preferimos no ver
A muchos nos pasa.
Sabemos que el rezago escolar existe, lo hemos leído, lo hemos escuchado en cursos, lo hemos trabajado “en teoría”. Pero cuando se vuelve visible en el grupo, cuando ya no es una estadística sino Juan, María o ese equipo que no logra avanzar… ahí empieza el silencio.
Esto casi no se dice, pero a veces decidimos no ver el rezago porque pareciera que implica más trabajo, más ajustes, más preguntas incómodas. En el papel suena bien atender la diversidad; en el aula, con 30 alumnos, formatos por llenar y el tiempo encima, la cosa cambia.
Y no, no es flojera. Es desgaste.
Este texto no busca señalar culpables, sino poner el tema sobre la mesa, pensar juntos qué es el rezago, cómo se manifiesta y por qué muchas veces preferimos no hablar de él.
¿Qué es el rezago escolar (y qué no es)?
Cuando hablamos de rezago escolar, solemos imaginar a “ese alumno” que no sabe leer, que no entiende matemáticas o que “se quedó atrás”. Pero el rezago no siempre es tan evidente ni tan individual.
En términos simples, el rezago escolar es una brecha entre lo que se espera que un estudiante logre y lo que realmente puede hacer en un momento determinado. El problema es que esa expectativa casi siempre es homogénea, mientras que los alumnos no lo son.
Aquí es donde la teoría se pone a prueba. Porque el rezago no siempre habla de incapacidad; muchas veces habla de:
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Ritmos distintos de aprendizaje
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Trayectorias escolares interrumpidas
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Contextos familiares complejos
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Prácticas escolares poco flexibles
O dicho en lenguaje de sala de maestros: no todos llegan con la misma mochila.
Cuando el rezago se normaliza en el aula
Hay algo que pocas veces cuestionamos: el rezago puede volverse parte de la normalidad escolar.
Sabemos que está ahí, pero aprendemos a convivir con él.
Frases como:
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“Con que copie”
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“Ya con que pase”
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“Ese alumno así es”
no surgen de la nada. Son mecanismos de supervivencia docente. Porque aceptar que hay rezago visible implica aceptar que algo de nuestra organización no está funcionando, y eso duele.
Desde la psicología educativa, esto tiene sentido: cuando una situación nos rebasa, tendemos a evitarla o minimizarla. No por mala intención, sino por autocuidado.
¿Cómo podemos identificar el rezago sin reducirlo a una etiqueta?
Identificar el rezago no es hacer listas de “quién sí” y “quién no”. Es mirar los procesos, no solo los resultados.
Algunas señales cotidianas:
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Alumnos que siempre esperan a que alguien más resuelva
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Actividades copiadas, pero no comprendidas
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Participación mínima, aunque haya buena conducta
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Evaluaciones aprobadas que no reflejan comprensión real
Ese momento en el que la planeación decía una cosa… y el grupo decidió otra 😅.
Aquí conviene hacernos una pregunta incómoda pero necesaria:
¿estamos evaluando aprendizajes o solo cumpliendo con el formato?
El rezago también es un fenómeno social y escolar
Desde la sociología y la antropología de la educación, el rezago no es solo individual: es un producto del sistema escolar.
Grupos numerosos, currículos saturados, tiempos rígidos, presión administrativa y comparaciones constantes crean un escenario donde no avanzar al mismo ritmo se vive como fracaso, cuando en realidad es parte natural del aprendizaje humano.
Pero claro, eso casi no se dice en los cursos.
¿Y entonces qué hacemos con esto?
No se trata de resolver el rezago con recetas mágicas ni con más trabajo por inercia. Se trata de hacerlo visible sin culpas, de nombrarlo para poder pensar ajustes reales: en la organización del aula, en la forma de evaluar, en cómo entendemos el avance.
Porque ignorarlo no lo elimina; solo lo hace más profundo.
Frase destacada:
El rezago escolar no siempre es falta de capacidad; muchas veces es el resultado de expectativas homogéneas en aulas profundamente diversas.
Preguntas para la reflexión docente
¿En qué momentos he decidido no ver el rezago porque sentí que no tenía margen para atenderlo?
¿Qué prácticas mantengo por costumbre, aunque sé que no ayudan a ciertos alumnos?
¿Cómo influyen las expectativas institucionales en la forma en que entiendo el “avance” del grupo?
¿Qué pequeños ajustes sí están en mis manos, aunque el sistema no cambie de inmediato?
Cierre: hablar del rezago también es cuidarnos
Hablar del rezago escolar no es exhibir fallas ni señalar responsables. Es reconocer la complejidad del aula real, esa que no cabe en los formatos ni en las gráficas.
Pensarlo juntos, ponerle palabras, compartir experiencias, también es una forma de cuidarnos como docentes. Porque no estamos solos, aunque a veces así se sienta.
No se trata de hacerlo perfecto, sino de pensarlo mejor, juntos.








